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El potencial de las personas

Cuando era chico siempre fuí el tímido de la clase. En la escuela me costaba mucho. Ante cualquier cosa que me dijeran de repente me ponía rojo como un tomate y si me decían que estaba rojo me ponía más rojo todavía. En mi grupo de amigos me pasaba igual, siempre había personas más extrovertidas que yo que se desenvolvían con mucha más naturalidad y por eso yo sentía que les caían mejor a las otras personas. A mi me costaba. Y cuando llegó la edad de interactuar con las chicas fue algo que sufría constantemente sobre todo en una sociedad que te empuja a hacer eso, que te presiona. Nunca lo pude hacer con soltura y eso me costó no poder, no saber cómo vincularme con los otros de la mejor forma.
Este problema me acompañó incluso hasta mi adultez, en las clases en la facultad también me costaba mucho que alguien me note porque buscaba lo contrario. Al hacer una pregunta o al llegar tarde a las clases (ese momento en el que todos se dan vuelta a mirarte) yo sentía una vergüenza tremenda que me impulsaba a hacer cualquier cosa para evitar ese tipo de situaciones, hacía todo lo posible para pasar desapercibido incluso dejar de preguntar cuando tenía dudas.

Un día cuando ya tenía algo de 30 años me llega un video por internet que hasta ese momento no había visto. Era una charla TED. ¿Qué es esto? Pensé. Yo no tenía idea de qué era pero cuando vi la primera no pude parar de consumirlas. Me gustaron tanto que me anoté en un curso que impartían algunos organizadores de las charlas TEDx Rio de la Plata, el evento local TED más importante del país y para mi sorpresa quedé seleccionado entre más de 400 postulantes.
Lo que no sabía en ese momento, era que al final del curso yo mismo iba a ser orador porque el curso cerraba con una charla de unos 4 minutos de todos los participantes.
¿Iba a hablar en público? ¿Yo? ¿El que le temblaba la voz en los exámenes orales del colegio? Si, y ya no había vuelta atrás. No era opcional.

A medida que se acercaba el día del evento mis nervios aumentaban porque nunca fui una persona a la cual ese tipo de cosas se le dieran naturalmente como venía contando.
Para peor, el día del evento, de entre los más de 40 expositores yo iba a cerrar el evento en el teatro Metropolitan City. ¡Era el último orador de la jornada!

Llegó ese día y la charla salió con muchos nervios, pero salió y en el momento en el que bajé del escenario, por los comentarios de las personas que habían asistido al teatro me di cuenta de que había estado bien. Que el mensaje había llegado y que había logrado emocionar a parte de la audiencia. Y me entusiasmé muchísimo con esta idea de exponer en público.

Toda esa alegría me duró hasta que la charla estuvo online. Cuando la vi por primera vez eso significó un golpe durísimo para mi porque odié cada gesto, cada detalle, cada movimiento de cejas, el temblor de mis labios por los nervios, la ropa que me puse ese día y el tono de mi voz por sobre todas las cosas.

Y durante más o menos dos años decidí que nunca más me iba a dedicar a nada parecido a eso que tanto me entusiasmó y que logró romper esa timidez, al menos por un tiempo, que yo traía desde que era un chico. Me iba a alejar de cualquier cosa que me diera exposición. Entendí que eso no era para mí, eso era para personas extrovertidas y yo claramente no lo era.

Más tarde en una etapa de mi vida donde busqué expandir mis redes de contactos, dos por tres me tomaba un café con algún desconocido, y notaba que pasaba algo en esos intercambios: El efecto que generaba en las otras personas el hecho de contarles parte de mi historia y de mis reflexiones acerca de esas vivencias.

Y empecé a convencerme de que quizás verdaderamente tenía algo de valor para ofrecer porque eso que me pasaba en cada café ya era algo recurrente. Yo siempre seguí mirando charlas, me encantaban y a la vez siempre sentí que faltaba algo, una voz que viniese de abajo pero que hablara con un tono optimista. Inspiración para los que nos tenemos que hacer de abajo.

Fuí empezando a reconsiderar el hecho de volver a intentarlo, de volver a exponer mis ideas hasta que no pude más con esta idea y me animé a dar un paso. Lo primero que hice fue anotarme en un curso de oratoria, un poco para decirme a mi mismo que verdaderamente estaba intentando hacer esto y otro poco para poder aprender más de la materia. En este curso otra vez sentí lo mismo a pesar de que aún me costaba horrores exponer.

En ese momento empecé a publicar en mis redes que estaba intentando explorar este nuevo camino y un contacto que conocí al participar en este curso que me vio debutar como orador, me convoca para un evento ¡En Tecnópolis! El evento se llamaba Campus Party y era un megaevento de varios días de duración. Yo tenía el borrador de una charla que había escrito en este curso de oratoria así que dije que sí a pesar de que no la había probado con gente.

Lo que pasó ese día al exponer fue increíble, verdaderamente sentí un estado de éxtasis a medida que exponía y que veía los rostros de mi audiencia cambiando a lo largo del desarrollo de la charla que hoy escribiendo estas palabras todavía puedo sentir esa emoción propia de las cosas que tienen un disfrute intrínseco.

A partir de esa experiencia fue que verdaderamente empecé a considerar esto como una carrera y pensé que quizás la forma de construir ese camino era animarme a hacer cosas en las redes sociales. Fui a YouTube, después a Instagram. Tuve la oportunidad de dar más charlas.

Hasta me animé a dar un taller que buscaba animar a las personas a proyectarse hacia adelante y a pensar las decisiones a tomar hoy para construirme ese camino.

Una de las asistentes de ese taller era una vecina de mi antiguo barrio que se sumó porque vio una publicación en mis redes pero que no me veía desde mis 20s años.

Cuando terminó me dijo algo así cómo: “No puedo creer todo lo que avanzaste, vos era muy tímido apenas si te había escuchado hablar cuando te conocí”.

En mis redes sociales me pasó algo similar, un seguidor de mi cuenta de Instagram me dijo: “Es increíble como creciste comparado con los primeros videos que hiciste”

Hay una frase muy común que dice que las personas tenemos hacer aquellas cosas en las que ya somos buenos. Cada vez que la leo pienso en mi historia y en las cosas que me interesan, las que pude aprender y las que por algún motivo me atraen todo el tiempo, y siento que no puedo estar de acuerdo con esa afirmación.

Porque creo que concentrarnos en aquellas cosas en las que ya somos buenos es una especie de mandato que se salta la pregunta: “¿Qué quiero hacer?” y esa para mi es una expresión de libertad. Porque puede ser que eso que querés hacer sea eso en lo que ya sos bueno, pero ¿Qué pasa si no es así?

Y además porque creo que eso en lo que “somos buenos” es en realidad una foto estática capturada en un momento determinado que no habla en absoluto de aquello que podemos llegar a ser y que elegimos llegar a ser.

Las personas no somos fotos, ni somos estáticos, las personas a diferencia de los otros animales tenemos la capacidad de desarrollarnos a menos que pensemos que no lo podemos hacer y ahí está justamente el problema.

Pero hay algo que para mi es fundamental: tenemos que sentirnos interesados en algo, para poder desarrollarnos.

Así que yo cambiaría la pregunta: ¿En qué soy bueno? por ¿Qué me interesa de verdad?

Porque quizás alguien que participara de alguna de mis charlas en la actualidad, con todas las fallas y con todo lo que tengo que aprender, podría pensar que yo muestro muchos rasgos que dicen que yo debería dedicarme a eso. Pero la realidad es que esos rasgos no estuvieron durante mucho tiempo fue solo mi deseo genuino de querer desarrollarme lo que me mantuvo aprendiendo y mejorando a lo largo de varios años, no que fuera claro que eso era lo mío. No lo era.

Creo que parte de creer en las personas es por un lado aceptar sus deseos genuinos y por el otro alentar su desarrollo. Porque creo que todos podemos aprender todo y ser mejores en lo que sea que nos propongamos, en mayor o en menor medida todos podemos ser mucho mejores en las cosas que nos importan, muchos mejores de lo que somos hoy. Después cada persona tomará sus decisiones y sus apuestas pero el potencial está para todos nosotros.

Por eso no deberíamos juzgar lo que una persona es capaz de hacer sólo basándonos en la imagen actual de esa persona porque varios años más tarde esa personas nos puede dar una gran y ojalá grata sorpresa.

Yo creo que detectar ese deseo no solo en los demás sino también en uno mismo es algo clave porque no todos nosotros tenemos tan libre la autopista por la cuál nuestros deseos se comunican con nosotros. Muchos de nosotros bloqueamos esa vía a través de años y años de condicionamiento.

Es tiempo de empezar a ver posibilidad donde otros sólo pueden ver límites.

Así que como siempre y en cada unos de los artículos que escribo te animo a creer en las personas. Porque es verdad que muchos de nosotros quizás no podamos hacer todo lo que queremos hacer en nuestra vida, pero va a haber algunos que sí y no tenemos forma de saber y mucho menos de juzgar cuál será cuál. No seamos nosotros el factor por el cuál alguien no pudo, por acción negativa o por inacción pudiendo ayudar.

Lo único que podemos hacer es dejar de ser una limitación más en la vida de las personas y ser un propulsor de esos deseos natos que todos tienen. Que encuentren los límites donde realmente están, en la realidad, para que tengan la energía para poder sobrepasarlos y que no encuentren los límites donde no están, en nuestras opiniones negativas o en nuestra indiferencia.

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El trabajo no dignifica

Yo tenía 18 años y necesitaba trabajar y como no tenía aún mi título secundario no había muchos trabajos a los que pudiese postular. Pero un día una amiga de mi mamá le comenta que en el Aeroparque Jorge Newberry en Buenos Aires, estaban tomando jóvenes y muy importante: No pedían el título secundario.

Eran tantas las ganas que tenía de trabajar que a pesar de ni siquiera saber de qué era el trabajo allá fuí, a hacer esa cola enorme de unos 60 pibes hasta que llegó mi turno. Como era mi primera entrevista formal estaba muy nervioso y creo que por eso me rebotaron.

Pero un amigo que fue conmigo y que sí había quedado, me sugirió volver a hacer la entrevista. “Andá de nuevo, entró cada uno…” Me dijo. En mi segunda entrevista me fue bien. “Empezás el lunes” me dijo el entrevistador.

Así fue como entré a trabajar al Aeroparque, sin saber que pronto iba a experimentar el peor trabajo de mi vida. Pero no nos adelantemos…

Mi función en ese trabajo iba a ser la de “controlar” a las otras áreas de la compañía y luego de finalizar esas tareas, nos tocaba vigilar los aviones.

Lo primero era sencillo (o eso pensaba), tenía una planilla con nombre, apellido, horarios de entrada y salida, y nombre de la empresa que actuaba sobre los aviones. Nos teníamos que acercar a las personas que estaban trabajando en el avión y amablemente solicitarles esos datos. Catering, limpieza, mecánicos, maleteros, eran algunas de las áreas que nos tocaba registrar.

Luego de que esos sectores trabajaran en los aviones, éstos quedaban esperando la próxima partida. Esa espera podía ser de horas, y yo tenía que quedarme paradito del lado de afuera del avión hasta que empezara el próximo viaje.

Mi alegría por estar cerca de los aviones y por primera vez en mi vida conocer uno por dentro me duró poco porque pronto empecé a experimentar cómo se desenvolvía ese trabajo en el día a día.

Cuando pensé en buscar un trabajo pensé básicamente en dos cosas:

1. Tener ingresos para poder solventar mis gastos de joven sin tener que acudir a mi mamá.

2. Trabajar en un lugar donde pudiese estar medianamente tranquilo.

Y pensé que era eso lo que iba a obtener de ese trabajo pero mis expectativas cayeron en picada cuando pude ver cómo eran las cosas realmente. Iba a aprender lo que significaba ir a trabajar con todo lo que eso representa.

Trabajaba 12 hs. por día y tenía 1:30hs. de viaje de ida, es decir, 3:00hs. de viaje en total. Eso apenas me dejaba tiempo para llegar a mi casa, bañarme, comer y dormir para arrancar al otro día bien temprano. No tenía vida.

Teníamos un régimen de francos de 5×1: 5 días de trabajo x 1 de franco. Entonces trabajaba casi todos los fines de semana.

Y para colmo de todo, el sueldo era el mínimo. Pero eso me lo bancaba, hasta ahí estaba bien con eso, mis pretensiones no eran muy altas. Lo que no me iba a bancar iba a ser todo lo demás. Dejame que te cuente un poco de eso:

La empresa que nos contrató era una tercerizada, así que eso nos ponía en una situación de desventaja con respecto a las otras áreas de la compañía que nos tocaba “controlar” y que pertenecían directamente a la empresa con sus respectivos gremios. No les gustaba nada que chicos de 20 años les pregunten apellido y horarios. Eso nos exponía a muchas situaciones de conflictos con estas personas, que les importaba un bledo estar lidiando con chicos de 20 años con miedo de que los echen, y así nos trataban.

Recuerdo varios episodios con los maleteros donde nos ignoraban o nos decían nombres falsos, mientras se reían de nosotros. Me la hicieron pasar pésimo, sobre todo los primeros días.

Pero el peor evento ocurrió un día donde me tocó cruzarme a un mecánico de los aviones. Ya nos habían advertido que eran muy agresivos, y que no entráramos en conflicto con ellos porque por gremio y antigüedad nos iban a despedir a nosotros sin pensarlo dos veces. Ese día me tocó ver a uno de ellos, un tipo de unos 50 años que estaba trabajando en la cabina. Así que fui a hacer mi trabajo como me enseñaron. ¡Qué inocente fuí por dios! El tipo no sólo me insultó adelante de todos sino que amenazó con cagarme a trompadas.

En ese momento fueron tantos los nervios que lo único que atiné a hacer fue ponerme a llorar como un niño. Todavía recuerdo el temblor de mis manos intentando anotar en mi planilla: “No aporta datos”. Esto nunca se lo conté a mis compañeros porque en ese momento no quería que me dijeran que era un maricón. Si, eso nos dicen desde chicos. ¡Tenía 18 años!

Una mañana estaba parado al lado de unos de los aviones que me tocaba custodiar en la pista y todavía recuerdo el frío que sentía estando parado ahí. El Aeroparque está ubicado frente al Rio de la Plata donde por la mañana hace un frío polar. Y yo estaba ahí con un sweater finito porque la compañía ahorraba en costos, y uno de esos costos eran las camperas, a mí no me tocó la suerte de que me den una.

Por primera vez en mi vida me sentí nadie, como si no valiera nada, como si a nadie le importara y entendí rápidamente un poco de lo que habrán experimentado mis padres que trabajaron de lo que sea por muchos años para darnos un futuro a mi y a mis hermanos.

Las siguientes semanas me puse muy reflexivo acerca de mi situación y observé mucho más a mi alrededor. Me di cuenta de que muchas personas que trabajaban ahí necesitaban llevar el mango a la casa si o sí, no les quedaba otra y por eso seguían soportando los maltratos y el destrato. Y entendí que ese no era mi caso, yo todavía era joven, yo sí tenía opción así que decidí que no valía la pena seguir un día más en ese lugar. Ahí fue que empecé a buscar otra cosa.

Por medio de otro contacto me llegó la oportunidad de postular para otro trabajo. Era un puesto como operario en una fábrica en San Martín. Tenía un turno de trabajo fijo de lunes a viernes, de 10hs. diarias, a 20 minutos en colectivo de mi casa. ¡Para colmo pagaban más! ¡Me había sacado la lotería! Así que dejé atrás ese triste episodio en el Aeroparque y cambié de trabajo.

En ese momento no lo sabía pero había avanzado un casillero en mi proceso de dignificación con respecto al trabajo anterior y creí que estaba en la gloria. Pero con el tiempo empecé a observar otras cosas que hasta ese momento no había visto. Empecé a entender de a poco que en esto de dignificarse existen muchas etapas posteriores además de la que estaba en ese momento. En ese momento pensaba que ya había accedido al trabajo digno y en muchos sentidos si lo era pero todavía no había llegado al final del recorrido. El camino recién estaba empezando para mí pero esa será historia para otro día.

Muchas veces leo o escucho a las personas decir que el trabajo dignifica y si bien algo de eso hay al final del día no puedo estar de acuerdo con esa afirmación, porque creo que es una narrativa que busca poner a los trabajadores en una posición de desventaja frente a muchos empleadores explotadores.

Como si les dijésemos a las personas que mientras las explotamos, en realidad los estamos beneficiando. Una narrativa que claramente beneficia a una sola de las partes.

Pero tampoco es que no creo que no haya algo de dignidad en el hecho de tener un trabajo honesto. Sino que creo que hace falta algo más para considerar que un trabajo dignifique. Porque yo las horas en las que estaba cagándome de frío en la pista de Aeroparque me sentía cualquier cosa, menos digno.

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Hoy tengo otro trabajo y tengo otras proyecciones de carrera y de futuro abismalmente distintas a la que tenía en esos tiempos, también será para otra historia pero mirando hacia atrás y sobre todo mirando a las personas que me rodean yo entendí que el hecho de ser o no ser digno, por supuesto que tiene que ver con la remuneración, con el tipo de trabajo, y con el hecho de tener un trabajo en sí pero mucho más importante que tener un trabajo, es tener un trabajo dónde te tratan como una persona.

No te voy a contar nada nuevo si te digo que existen miles de espacios de trabajo con culturas deshumanizantes donde la mirada que se tiene con respecto al otro que está en una situación de vulnerabilidad con respecto a las personas que las lideran es fría, lejana y hasta cruel.

Te toca a vos…

Yo se que ese no es tu caso, sino no estarías leyendo esto pero de todas formas creo que es muy importante entender este tema porque hay enormes probabilidades de que muchas de las personas que se suman a nuestros equipos de trabajo vengan de años expuestas a ese tipo de entornos, y que ese recorrido haya dejado marcas.

Así que te dejo algunas ideas que quizás te sirvan, creo que podemos sanar las heridas del pasado con algunas herramientas simples. Yo se que a vos te interesa hacer las cosas bien, así que te dejo algunas ideas.

Gestos

Una de las cosas por las cuáles uno empieza a percibir que está en un entorno dignificante son los pequeños gestos, desde traer un vaso de agua, hasta agacharse a levantar algo del piso, o lo que sea. Los gestos son clave, a veces pasan desapercibidos para nosotros pero para quienes los reciben les puede cambiar el día. Recuerdo de estar en trabajos donde alguien tenía un gesto conmigo y yo estaba semanas hasta naturalizarlo porque en mi cabeza seguro venía con malas intenciones detrás, todo producto de mis anteriores espacios de trabajo.

Humildad

A pesar de que seamos el o la gerente general de una multinacional y ganemos USD 10.000 por mes, eso nos hace más que el tipo que barre la vereda. Y esto no es hipocresía, yo verdaderamente creo que nadie es más que nadie. Simplemente vivimos en un sistema que nos ubica a cada uno de nosotros en lugares distintos. Y cuando una persona logra abrazar el valor de la humildad y se encuentra en una posición de liderazgo eso desprende otro valor que es la grandeza. Personalmente siento, creo y veo que las personas que abrazan este valor de humildad se vinculan distinto con los demás.

No niegues la desigualdad

Hablar de igual a igual no significa negar las relaciones desiguales. No lo hagas porque suena falso. Las personas que toman trabajos menos pagos, o más difíciles no lo hacen porque los eligen, probablemente si pudiesen elegir elegirían otra cosa. Ellos aceptaron esa situación y buscan estar lo más tranquilos que puedan. Pero eso no significa que no sepan en qué lugar de la balanza están. No intentemos fingir que eso no existe, porque va a construir lejanía.

Ser humano

Creo que muchas personas eligen la frialdad y la lejanía porque no quieren que se contaminen las relaciones verticales con excesos de confianza. Pero creo que hay formas de mantener esa verticalidad propia de los equipos de trabajo y de las dinámicas de las empresas y la vez abrazar este sentido de la humanidad. Por supuesto que no es algo fácil pero creo que se puede construir con el tiempo.

Y eso es todo por esta vez, espero que hayas disfrutado esta lectura, que te haya servido y por favor si te gustó apóyame dejándome un comentario o compartiendo este artículo en tu feed. Mi objetivo es que más personas que conozcan, y que las que me conocen me conozcan aún más, de esta forma, agregando valor.

Gracias por leer. Comentá, compartí, recomendá. 😊

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¿Qué mierda es el éxito?

Transcripción

Durante varios años me sentí mal con lo que hacía, con el rumbo que estaba tomando mi vida.

Como conté en el video acerca de como encontré mi propósito.
Sentía que tenía que hacer algo con esto que se me fue dado.

Yo lo veía así:

  • Tenía que llegar a un lugar X, y ese lugar X tenía que ser algo imposible de pensar para las personas que vienen del lugar desde donde yo vengo. Para cualquiera de mis intereses, en el momento en que decidiera tomarlos como una carrera seria tenía que llegar muy lejos. Así iba a ser exitoso.
    Ya fuese:
  • En el dibujo, tenía que ser uno de los mejores artistas que comparten su trabajo online.
  • Emprendimientos, tenía que armar un proyecto que tenga el potencial de impactar a miles de personas y crecer rompiendo las barreras geográficas.
  • Comunicador, tenía que recorrer el mundo dando charlas y construirme una audiencia de miles de personas. Hacer algo grande.

Así iba a ser exitoso, y una vez que alcanzara ese éxito, iba a poder sentirme realizado y también habilitarme a compartir mi experiencia con otros.

Cuando pienso en compartir siempre pienso en, de alguna forma, poder ayudar a otros que vienen intentándolo. Poder ayudar a personas como vos, los que están en el punto de partida y quizás les falte mucho, o no, para llegar al lugar a donde quieren llegar.

Pero hace poquito me empecé a cuestionar esta forma de ver las cosas.

Porque me empecé a preguntar:

¿Compartir el camino al éxito con el diario del lunes es la mejor forma de ayudar a otros?

¿Necesitaba esperar a lograr algo para sentirme valioso y de esa forma poder compartir?

¿Es el éxito que nos vende la sociedad moderna un certificado habilitante para poder hablar de cuestiones que suelen ser tan complejas?

¿Es esta la mejor forma de compartir si tengo en cuenta que lo que vos estás enfrentando hoy no tiene absolutamente nada que ver con todo eso?

Porque vos no tenés el éxito asegurado.
Vos tenés miedos, incertidumbre, y un montón de decisiones que podrías tomar pero que no sabes cuál es la mejor ni por donde te van a llevar.
Vos que te estás peleando con la voz en tu cabeza, y a la vez con las voces que te rodean.

¿Cómo estamos seguros de que esos consejos para tener éxito en realidad funcionan y no son simplemente una hipótesis que quizás esté equivocada?

Todas estas cosas me empezaron a hacer ruido. Mucho ruido.

Empecé a cambiar mi visión acerca del éxito cuando observé qué era lo que me inspiraba y me movilizaba acerca de las personas que tuve la suerte de ir conociendo.

Y me di cuenta de que “llegar” no era lo que más me inspiraba, lo hacía, pero lo que más me inspiraba era ese momento en el que las personas decidieron avanzar por un camino que a priori tenía todas las probabilidades en contra, donde no había ninguna señal de que fuera por ese lado, al contrario, todas las puertas estaban cerradas. No era la decisión lógica.

Sobre todo me inspiraban las historias de aquellos que la estaban peleando de abajo, porque me veían reflejado en ellos.

Porque yo estoy en esa misma situación, por delante tengo un montón de posibles decisiones de las cuales no estoy seguro cuál es la correcta. Sin embargo también lo elijo a pesar de los miedos que me genera.

Estoy seguro que eso mismo te pasa a vos, ahora mismo. Vos también estás en una búsqueda o tenés miedo o estás perdido o no sabes bien qué hacer.

Yo entendí que hay un valor enorme en decidir seguir tu propio camino cuando no tenés el resultado asegurado. Eso es lo que más me inspira.

Además si seguimos pensando que tenemos que llegar a algo para sentirnos valiosos y para habilitarnos a compartir con otros, en realidad ignoramos que a veces ese “llegar” implica cosas que están fuera de nuestro control.

Cuestiones como los distintos tiempos de las personas, los fracasos y el azar, que juegan un gran rol en el éxito o el fracaso de las personas, aunque muchas veces no lo queramos aceptar.

Hay dos personas que hicieron exactamente lo mismo, quizás incluso más y por cuestiones meramente de azar por ejemplo, una lo logra y la otra no, a pesar de que ambas hicieron el mismo esfuerzo.

Si es el éxito lo que le da valor a lo que hacés y si ese éxito muchas veces está fuera de nuestro control.

Si todo el trabajo que hacés todos los días no vale nada, hasta que logres llegar a alguna parte.

Y si por algún motivo no alcanzas tu objetivo, no llegás a ser un caso de éxito. ¿Qué pasa con el esfuerzo, las ganas, la pasión, la persistencia? ¿Pasa a valer cero?

Eso no tiene ningún sentido para mí.

Creo que es hora de cambiar nuestra concepción de lo que significa ser exitoso. Ese concepto que nos dice que no valemos nada hasta que logremos alcanzar cierto estándar socialmente aceptado.

No tiene ningún sentido, creer que no valemos nada por nuestro esfuerzo diario. Sentirnos nadie porque todavía no somos exitosos. Cuando en realidad es al revés, el verdadero valor está ahí, en apostar por un sueño todos los días sin tener certezas de que eso vaya a pagar en el futuro.

Entendí que el éxito no es un lugar a donde llegaste sino una decisión que tomas todos los días.

Así decidí cambiar mi concepto de éxito.

Y cuando lo cambié, todo mi día a día cambió. Porque dejé de verme a mi mismo como alguien incompleto, y empecé a admirarme a mi mismo, a sentirme exitoso.

Y ese cambio de visión me fue llenando de confianza, porque cada fracaso que fue llegando no me desanimaba sino que reafirmaba esa confianza cuando veía en mi mismo como a pesar de los contratiempos, de los fracasos de las equivocaciones, de sentirme un estúpido o un ridículo, aún así seguía persistiendo en mis sueños.

¿Acaso eso no es ser exitoso?

Ese cambio de concepto también hizo que pudiese compartir con otros, no desde el exitoso que imparte sus 10 pasos imbatibles para alcanzar el éxito, sino desde el lugar de un par.

“Yo estoy en la misma que vos. Y estoy haciendo esto, esto y esto. No se si va a funcionar pero lo estoy intentando y no tengo intenciones de abandonar este camino porque que es algo que realmente quiero”.

Pero el mayor cambio creo que fue, empezar a entender como un éxito en sí mismo, a habilitarme a bajar mis sueños más fantasiosos de la pared y empezar a trabajar para conseguirlos en el mundo real.

Porque sigo deseando llegar a cada uno de esos lugares, pero ya no siento que necesito llegar para poder sentirme exitoso. Me siento exitoso porque fui capaz de permitirme querer las cosas que realmente quiero, y porque decidí perseguirlas y persistir a pesar de que en los últimos años solo encontré fracasos.

El éxito es nunca soltar tus sueños, sin importar lo que pase. No dejes que te convenzan de otra cosa.

Se me ocurrió escribir este post después de escribir este Tweet:

Todos los domingos envío un correo donde comparto qué hago cada semana para perseguir mis sueños, con el diario del viernes, es decir hoy. Cuando no tengo certezas de que esos sueños fantasiosos puedan suceder algún día.

Te podés suscribir acá:

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Mi historia con los viajes (por qué me vuelan la cabeza cada vez)

Esta historia fue publicada originalmente en un hilo en mi cuenta de Twitter y alcanzó las 180.000 vistas. Nunca pensé que fuera a lograr impactar en algo sobretodo porque lo escribí con el teléfono mientras esperaba que mi mujer se preparara para ir al cumpleaños de mi mamá.

La historia

Tenía 19 años y una amiga de mi vieja me comenta que en el aeropuerto de Buenos Aires, en el Aeroparque Jorge Newbery estaban pidiendo gente y que además ¡No pedían el analítico!

Yo había terminado el secundario pero el último año desbarranqué y me llevé hasta el recreo, así que por eso no tenía mi título secundario.

Recuerdo que llegué al Aeroparque y por delante mío había una fila enrome de unos 60 pibes igual que yo. En la entrevista no me fue bien. Estaba muy nervioso por ser mi primer trabajo formal y eso me jugó en contra. Me acuerdo que fui con un amigo. El quedó y a mi me rebotaron.

Pero unos días después lo vi a mi amigo y me dijo:
«Boludo, andá de nuevo que entra cada uno…»
Así que volví a ir a hacer esa fila enorme y esta vez tuve suerte.
«Estabas muy nervioso la primera vez» me dijo mi reclutador. Ahí me explicaron de qué iba a ser el trabajo.

El nombre del puesto era vigilador. Nuestra función iba a ser la de «controlar» a todo el personal que entrara y saliera de los aviones. Catering, limpieza, técnicos, etc.
Nos daban unas planillas y teníamos que completar: Nombre, empresa, entrada, salida.
Y cuando se bajaban todos del avión nuestra función era la de «custodiar» el avión. Nos quedábamos parados del lado de afuera todo el avión estuviera “estacionado” que podían ser horas.
Estuve dos meses solamente en ese trabajo, y fue por lejos la peor experiencia laboral de mi vida.

Trabajar en aeroparque

  • El sueldo era el mínimo
  • Trabajaba 12 hs, (Tenía 1:30hs de viaje de ida y 1:30hs. de viaje de vuelta, así que apenas tenía tiempo para comer, bañarme y dormir para al otro día levantarme para ir a trabajar).
  • El régimen de francos era de 5×1, así que me pasaba todos los fines de semana trabajando.

Pero eso me lo bancaba, lo que no me bancaba eran otras cosas:

  1. La empresa era tercerizada, y básicamente lo que hacía era ahorrar en todos los gastos que podía. Y uno de esos gastos eran las camperas. Así que muchas de las horas que pasábamos parados al lado de los aviones las hacíamos con sólo un suéter, con el frío polar que hace por la mañana frente al Rio de la Plata en la pista de Aeroparque. Hoy me imagino un chico de 19 años temblando de frío de esa forma, y se me pone la piel de gallina.
  2. El clima de trabajo era una mierda, básicamente porque a los otros sectores de la compañía no les gustaba ser controlados. Eso nos generaba muchas tensiones. Había un sector que especialmente nos habían advertido que tuviéramos cuidado: Los mecánicos de cierta aerolínea muy conocida. Hasta que un día llegó el momento de encontrarme a uno de ellos a bordo de uno de los aviones. Ante la pregunta por su nombre me respondió: «¿Qué te importa pelotudo?», y después me encaró amenazándome con cagarme a trompadas. Un tipo de 50 años contra un chico de 19. En ese momento me puse tan nervioso que sólo atiné a ponerme a llorar. Un tipo de 50 contra un nene de 19 años… Hoy pienso en esa situación y tengo ganas de ir a buscarlo a ese hijo de puta. La situación me afectó tanto que después estaba muy sensible frente a otras situaciones menos pesadas.

Pero estando allí me pasó algo más. Veía esto todos los días:

Recuerdo que me paraba a mirar a esas personas caminando por el hall, sonriendo, viviendo eso con total normalidad, personas que viajaban por trabajo (se notaba), familias, amigos, parejas.

Y me paraba a mirar las pantallas con todos esos destinos hermosos que yo no conocía y soñaba con poder conocer.

Y cuando esas personas pasaban por adelante mío y se subían a esos aviones, con esa expresión tan característica que tienen las personas cuando se van de viaje, yo era siempre el que se quedaba del lado de abajo viendo como ellos se iban.

Yo nunca había viajado en avión, de hecho nadie de mi familia cercana había viajado alguna vez en uno. Y yo deseaba tanto poder hacerlo así como ellos.

Pero bueno en ese momento estaba lejos de mis posibilidades.
Por suerte me fui de ese trabajo de mierda, apareció una oportunidad laboral mucho mejor y me fui. Me fui a trabajar a una fábrica.

Mi etapa como operario de fábrica

En esta fábrica estuve casi 5 años, atrás había quedado el colegio y los viajes. Estaba contento con mi sueldito, con las salidas a bailar y con poder comprarme pilchas.
Hasta que me empecé a sentir estancado, es para otro post este tema pero la cuestión es que y de ahí me fui a trabajar a otra fábrica porque pagaban un poquito mejor, donde hacía prácticamente el mismo trabajo pero con mucha más exigencia (sobretodo porque estaba por agencia).

Y en eso estaba, tratando de quedar efectivo en esa fábrica en la que estaba trabajando “por agencia”. Me acuerdo que me costaba bastante llegar al número de producción que me pedían.
Hasta que un día apareció Facebook, y por algún motivo en ese momento lo primero que hacíamos todos era agregar a los ex-compañeros del colegio.

Ahí encontré a Esteban: un ex compañero de una escuela privada a donde fuimos con mi hermano porque mamá consiguió una beca.

Y un día como cualquier otro, me acuerdo que abro Facebook y veo que Esteban compartió una foto.

Era una foto de un viaje.

Cuando la vi, casi me caigo de culo.

La foto era algo así.

Zona hotelera en Cancún, Caribe Mexicano

Era la vista desde el balcón de un una habitación en un hotel all-inclusive en Cancún donde Esteban estaba de vacaciones con toda su familia.

Yo en ese momento no sabía ni dónde quedaba Cancún, lo único que sabía era que Cancún era el premio que se sorteaba en los programas de Susana Gimenez.

Y yo conocía a alguien que se podía permitir hacer un viaje así, y no sólo eso, por la magia y la novedad de las redes sociales también lo estaba viendo. 

En los días siguientes no podía apartar esa imagen de mi cabeza y mientras estaba sentado en mi puesto de operario con mi guardapolvo azul, corriendo para llegar al número de la producción, no paraba de pensar en esa foto.

Y pensaba para mis adentros. ¡Qué lindo sería! ¿Será que alguien como yo, podrá alguna vez hacer algo así?

Punto de inflexión

En ese momento lo entendí, porque cuando levanté la cabeza vi como alguien de casi 60 años agachaba la cabeza cuando pasaba el jefe.

Entendí que si seguía por ese camino nunca me iba a poder permitir hacer algo así, como veía que otras personas sí se lo estaban permitiendo.

Lo bueno de esta experiencia es que nunca me generó envidia ver a otras personas hacer las cosas que yo tanto deseaba sino que me generó el deseo de poder hacerlo yo también.

Empecé a fantasear con la idea de poder hacer ese tipo de viajes a pesar de que no tenía nada en mi realidad que me indicara que eso iba a ser posible algún día.

Pero no me detuve ahí, empecé a fantasear con no solamente el progreso económico, sino también en lo profesional. Porque estaba un poco cansado de ser simplemente un engranaje en una línea de producción y quería ser valorado por otras que no fueran simplemente que tan rápido pudiera mover las manos, y que tan cerrada pudiera mantener la boca.

Pensar fuera de la caja

No tenía idea, no sabía cómo eso iba a ser posible para mí algún día.
Pero empecé. Lo primero que se me ocurrió fue volver a la escuela secundaria a rendir mis materias adeudadas. Ya tenía casi 25 años, es decir que hacía 7 años que no tocaba un libro, eso me generaba una enorme vergüenza.

Se me ocurrió la idea de anotarme a estudiar ingeniería electrónica. Yo sabía que en la universidad de San Martín (UNSAM) se había abierto hacía poquito la carrera.

Me da un poco de vergüenza decirlo, pero yo no sabía ni lo que hacía un ingeniero. Solo sabía que un ingeniero es alguien importante, alguien que le pagan mejor que un operario, que trabaja en una oficina ¡Y que puede tomar café mientras trabaja!

Yo no tenía dudas en que iba a poder rendir mis materias del secundario. Pero en caso de ir a la universidad eran varios los miedos que se me despertaban:

  1. El primero era que hacía 7 años que no estudiaba nada, y tenía miedo de que eso me jugara en contra.
  2. El segundo era que no tenía referencias de familiares estudiando en la universidad. Mis viejos no pasaron del 7mo. grado en el colegio. Iba a ser primera generación de universitarios.
  3. El tercero eran los relacionados a algunos comentarios mala leche de algunos de mis ex-compañeros: «¿Cuántos años? Vos estás loco» «Es muy difícil esa carrera» «Está brava la mano, si descuidás este laburo después no vas a conseguir otro tan fácil» Y mi favorito: «Conozco un ingeniero que gana menos que nosotros».

Pero lo que más me asustaba de todo era ir a la universidad…

Fracasar…

Y en ese momento darme cuenta de que me iba a tener que conformar con un trabajo como ese para siempre.

A pesar de todo esto me convencí parcialmente de hacerlo y fuí a la universidad

La universidad

Entrar a la universidad representó un hito muy importante en mi vida. De repente sentí que estaba en un lugar lleno de gente como yo. Gente que se estaba esforzando y que apostaba por su futuro.

Paradójicamente después de haberme matado por quedar efectivo en esa fábrica (felicitación del jefe de por medio) me llaman un día a los pocos meses de estar cursando y me avisan que había sido despedido.

Pero a esa altura no me importaba mucho porque en la facultad me estaba yendo mucho mejor de lo que yo esperaba. Siempre me había considerado inteligente pero vago, fue genial ver que esa «inteligencia» estaba ahí todavía.

Y al poco tiempo empecé otra vez a tirar CVs, y las entrevistas ya no eran para operario de fábrica como antes. Conseguí mi primer trabajo como profesional y al poco tiempo me surgió la posibilidad de ingresar a un trabajo que mejoró mucho mi calidad de vida en lo económico, lo profesional y lo humano.

Hasta que una mañana

Hasta que una mañana como muchas otras me desperté.

Fui a desayunar algo.

Cuando terminé agarré mis cosas.

Caminé por un caminito.

Subí unas escaleras.

Me apoyé en la baranda.

Y saqué esta foto:

Estaba en el exacto lugar que hacía varios años atrás miraba desde la pantalla de mi teléfono preguntándome si algún día iba a ser posible para mí.

Recuerdo que el color turquesa del agua era tan intenso que no me quería poner los anteojos.

Fue una de las tantas veces que experimenté un imposible en carne propia.
-Mamá! Mira dónde estoy!!!

Pero no solo eso, sino que los viajes en avión se volvieron algo que ya no me era tan lejano. Me llevaron a conocer muchos de esos destinos de las pantallas de aeroparque, los que quería conocer.
Me faltan algunos todavía pero estoy bastante conforme.

Viajar fue una de esas metas no idealizadas. Era tan bueno o mejor de lo que pensaba.

Pero me empezó a pasar algo cada vez que conocía un lugar lindo. Empezaba a soñar con que mi familia pudiese estar ahí para disfrutarlo conmigo.

Así que lo armamos aprovechando mi breve experiencia viajando, conseguimos ofertas de vuelos y ofertas de alojamientos y nos fuimos.

En el año 2017 de los 7 que fuimos, excepto mi mujer y yo todos viajaban por primera vez en avión. Así que no solo disfruté de un destino hermoso. Sino que disfruté mucho más de ver a mi familia experimentar eso por primera vez.

Adivinen como la pasamos.

Y mi mamá que trabajo muchos años de doméstica, a sus 51 años pudo conocer el Cristo Redentor.
Son esos momentos que nunca pensaste vivir.
En esta foto subimos abrazados las escaleras mecánicas, uno de los momentos que más recuerdo.
Mamá con lágrimas en los ojos subiendo al Cristo.

Foto tomada por casualidad en una selfie

Y todavía estoy muy movilizado porque hace pocos meses tuve un viaje que fue una de esas experiencias que nunca pensé que algún día iba a vivir.

No quiero extender demasiado esta publicación pero el caso es que fui a un workshop donde se sorteaba un pasaje New York y tuve tanto culo que me lo gané.

Terminamos yendo en octubre pasado con mi mamá a conocer la gran manzana.

Tengo 4 millones de fotos en mi Instagram @matiasparroyo
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Y la última noche en New York decidí gastarme unos mangos extra, me puse un saco, zapatos y salimos a tener una zona romántica con mi mamá😍

Y charlamos un montón, charlamos de la locura de estar en ese lugar, de lo lindo de tener la posibilidad de hacerlo. Si para mi era una experiencia increíble, para mi vieja era una experiencia exponencialmente increíble. Porque las únicas personas que ella había conocido que eran capaces de hacer esos viajes eran sus empleadores en sus muchos años trabajando como doméstica, mientras vivíamos en un barrio vulnerable sin asfalto ni agua potable.

Hoy cada vez que me toca viajar. Me quedo mirando a esos pibes que trabajan ahí en el lugar donde yo estuve. Es un flash porque siento que me miro a mi mismo del otro lado del espejo. Me pregunto si me miran de la misma forma que yo miraba a esa gente.

Y en todos estos años de subirme a esos pájaros de metal. Cada vez que me toca hacerlo siempre me pasa lo mismo. Nunca pude normalizar el poder hacer ese tipo de cosas. Vuelvo una y otra vez al punto de partida, a ese momento en el que parecía un sueño imposible de alcanzar y me embarga un sentimiento de profunda gratitud y de emoción. La emoción de saber que los imposibles eventualmente suceden si nunca los soltamos. Que mis nuevos imposibles también pueden suceder si repito el proceso. Que hoy nuevamente me estoy mirando desde este lado de un nuevo espejo, pero que con el tiempo me miraré finalmente desde el otro lado con este profundo sentimiento de gratitud y auto-realización.

Esta historia es un extracto de mi charla: El lugar donde nacés no determina hasta donde podés llegar, donde intento convencer a las personas de que pueden buscar la vida que quieren en lugar de resignarse a la vida que les tocó.

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