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La palabra justa en el momento justo

Hace más de diez años yo estaba trabajando como operario en una fábrica. Mi función era ensamblar una parte en una línea de producción durante todo el día. Había entrado a esa empresa cuando tenía 19 años, escapando del peor trabajo que tuve en mi vida. Por lo tanto estaba feliz de trabajar en ese lugar y así permanecí los primeros años.

Pero después de trabajar casi 5 años en ese lugar sentí que estaba estancado. Y eso que al principio me gustaba tanto ya no me gustaba como al principio. Así que decidí que era tiempo de cambiar de aires, quería seguir progresando.

Un día gracias a un amigo que me pasó un dato surgió la posibilidad de postular a un trabajo nuevo. El puesto era el mismo: operario en una línea de producción pero en otra fábrica donde pagaban un poco más.

Así que renuncié y cambié de trabajo pensando que de esa forma iba a estar mejor.

Pero me equivoqué.

Porque después de un tiempo de trabajar en este nuevo lugar me di cuenta de que a pesar de que ganaba un poco más eso no compensaba otras cosas de ese trabajo que eran claramente peores y que no tenían que ver con el dinero. Cosa que tenían que ver con el trato humano y que no voy ahondar en detalles ahora.

Pero ya no podía dar marcha atrás porque ya había renunciado a mi trabajo anterior. Y en esos meses que siguieron me puse muy reflexivo acerca de mi situación en ese momento.

Me di cuenta de que a mis 25 años no había hecho nada de mi vida. Todavía seguía trabajando como operario, no tenía mi título secundario y no sabía hacer otra cosa.

No me gustaba mi trabajo porque sentía que lo único que se valoraba de mi era qué tan rápido podía mover las manos y que tan cerrada podía mantener la boca.

En ese momento me di cuenta de que venía tomando las decisiones equivocadas durante los últimos 7 años desde que había decidido no seguir estudiando, desde que había decidido quedarme en un trabajo cómodo, desde que había decidido disfrutar la vida sin pensar demasiado en mi futuro.

Como era de esperarse esa apuesta salió mal.

En ese momento sentí como que abrí los ojos y por primera vez pude ver que estaba metido en arenas movedizas, que hacía años que estaba ahí y que cada año que había ido pasando me fuí hundiendo más y más hasta llegar a este momento dónde era muy difícil poder escapar. Mi margen de maniobra se había achicado con los años.

No me gustaba mi realidad, sentía que estaba para más pero no tenía la más puta idea de qué hacer para cambiarla.

Un momento de cambio

Sin embargo adentro mío algo me pinchaba, era un pensamiento que me abordaba muy seguido que aparecía y desaparecía todo el tiempo:

“Matías, vos estás para más”.

Y llegó un momento en el que este pensamiento me pinchó tanto que decidí prestarle atención por primera vez. Empecé a pensar en qué podía hacer desde mi lugar para cambiar las cosas.

¿Qué puedo hacer desde el lugar en dónde estoy para seguir progresando?

Al principio era una vez cada tanto, pero cada vez me lo empecé a preguntar más y más. De hacerme esa pregunta cada vez más seguido algo fue cambiando en mi cabeza.

Hasta que un día me entró una idea:

¿Y si me dejo de joder y vuelvo a estudiar?

Después de una búsqueda averigüé que en la universidad de San Martín estaba la carrera de ingeniería.

Entonces pensé: “Quizás si pudiese avanzar en esa carrera podría cumplir mis sueños”.

  • Viajar en avión por primera vez.
  • Tener mi auto propio.
  • Trabajar en un lugar dónde se me valorara por otra cosa que no fuese simplemente qué tan rápido pudiese mover mis manos.

El desafío era gigantesco, primero porque ingeniería es una de las carreras más difíciles de todas, es la que odian todos aquellos que odian las matemáticas, que son la mayoría.

Segundo porque ir a la universidad era todo un reto para mí porque hacía siete años que estaba sin estudiar nada y porque demás yo no tenía referencias de nadie cercano que hubiese pisado una universidad. Mis padres no habían pasado del séptimo grado. Yo iba a ser primera generación de universitarios con todo lo que eso significa para las familias que venimos de los barrios vulnerables.

En los meses que pasaron mientras esta idea me daba vueltas por la cabeza, pensar en todas estas cosas me llenaba de miedos, de dudas, de ansiedad y por momentos de angustia.

Un descubrimiento triste…

Pero una cosa que nunca esperé que me sucediera se dio cuando empecé a exteriorizar esto que quería hacer con las personas que me rodeaban.

Y me sorprendió tristemente el tipo de comentarios que me hacían algunas personas con respecto a esto que yo estaba tratando de convencerme de que era capaz de hacer.

“Esa carrera es muy difícil, tengo un amigo que es bocho que no pasó del primer año. ¿Por qué no te buscas algo más fácil?.”

“La universidad no es para gente como nosotros. Eso es para los que tienen plata y no laburan.”

“¿Dónde vas a estar mejor que acá? Mira que la cosa está jodida, si perdés este laburo no vas a conseguir uno igual tan fácil.”

Ese compartir con los demás algo que me entusiasmaba, no sólo no me ayudó sino que potenció los miedos que ya tenía a la vez que me sumó nuevos miedos.

Y entre los miedos nuevos que se me sumaron el peor de todos era:

Ir a la facultad, fracasar y tener que volver a darles la razón a esos que me decían que eso no se podía hacer, que eso no era para alguien como yo, que yo había sido inocente. Y a la vez darme cuenta, en ese preciso momento, de que me iba a tener que resignar a quedarme en un trabajo como ese para siempre. Ese era mi mayor miedo.

Eso hizo que considerara estúpida la idea que tenía y pensara muchas veces en tirarla a la basura.

La voz en mi cabeza…

Pero finalmente no pude con esta voz que me empujaba desde adentro y un día lo decidí: Iba a ir a la universidad.

  • Sin importar las probabilidades.
  • Sin importar lo que otros pensaran.
  • Sin importar lo difícil que me resultara hacer eso.

Cuando me quise acordar estaba pisando la universidad por primera vez y fue como entrar en un mundo nuevo. Fue cuando se abrió un capítulo muy hermoso de mi vida.

Me acuerdo que salía de la fábrica y viajaba en colectivo y tren hasta la facultad a cursar mis materias hasta la noche. Y para mi sorpresa me empezó a ir muy bien, mucho mejor de lo que pensaba.

En ese momento me acordé de todas las cosas que me habían dicho los demás. ¿Cómo puede ser que había dudado tanto? ¿Cómo les di tanta entidad a esas opiniones? Porque comprobé que todas esas cosas que me decían no tenían nada que ver con la realidad. Eran simplemente opiniones basadas en el desconocimiento y en los miedos propios.

Y lo más gracioso fue que uno de los miedos que tenía cuando pensaba en estudiar se hizo realidad:
Un día me llaman y me dicen que me echaron de mi trabajo en la fábrica, a pesar de que me había matado para quedar en planta permanente en esa empresa.
Pero lo gracioso fue que eso que tanto temía, cuando pasó me importó muy poco porque estaba feliz por como iban las cosas en la facultad.

Al poco tiempo empecé a enviar curriculums nuevamente y mis entrevistas laborales cambiaron drásticamente. Ya no eran para puestos como operario sino como profesional donde buscaban estudiantes de ingeniería.

Conseguí mi primer trabajo como profesional y al tiempo volví a cambiar de trabajo por uno muchísimo mejor.

Mi realidad cambió y de repente me permití hacer muchas cosas que en su momento eran un sueño imposible. La magia de que suceda lo altamente improbable.

Llegando a Cancún en el año 2013. Un viaje soñado.

Hoy que estoy bastante más grande pienso en algunas cosas que me dejó esta experiencia. Son muchas, pero elegí una para esta ocasión.

Creo que cuando buscamos hacer algo distinto a lo que hacen todas las personas que nos rodean las voces negativas alrededor de nosotros son una constante algo que siempre está presente.

Y nos equivocamos al pensar que esas opiniones son la realidad. La realidad es una simple construcción, que varía de contexto a contexto. Y esas opiniones son una simple descripción que las personas hacen acerca de sí mismas y de cómo es el mundo ahí afuera. Es una interpretación.

Superar esa barrera en ese momento de fragilidad es una de las barreras más difíciles de sortear. Y para mí sin dudas fue mi principal desafío, mucho más que la dificultad de la carrera o los malabares para estudiar y trabajar al mismo tiempo.

Porque las personas tendemos a atender mucho más a las voces de otros que las opiniones propias a pesar de estar en lo correcto. Eso nos puede llenar de dudas y miedos que nos lleven a descartar esas ideas que podrían haber cambiado nuestra realidad.

Convencerme a mí mismo de que esa era la opción correcta cuando todos a mi alrededor no creían en mí fue sin dudas el factor distintivo.

Te toca a vos

Y en este último punto es donde quiero que te concentres ahora. Te quiero compartir algo que me pasó en ese momento que para mi fue invaluable en ese momento de extrema fragilidad:

El tierno era un compañero de la fábrica más grande que yo, hacía varios años trabaja ahí, tenía ese apodo medio en cariño y medio en burla que tanto nos gustan en las fábricas.

El tierno era un tipazo (es) muchas veces me alcanzaba con el auto a mí y a otro compañero. Pero hubo un día que viajamos nosotros dos solamente porque el otro pibe había faltado.

En ese viaje en auto yo le compartí esta idea que tenía de ir a la universidad, cuando sólo era una idea, y los miedos que esto me generaba. Sus palabras nunca las pude olvidar, me dijo algo así cómo:

“Claro que tenés que ir a la universidad. Vos sos un pibe inteligente no estás para trabajar en un lugar como este.”

Ese reconocimiento que me hizo de algo que yo no había visto en mí mismo fue una de las cosas que terminó de inclinar la balanza para que yo me animara a dar el siguiente paso.

Hace un par de años lo encontré en Facebook y se lo pude expresar

Seguro que Ricardo se olvidó al tiempo de eso que me había dicho, sin embargo a mí escuchar eso me cambió la vida para siempre. Creo que las palabras tienen el potencial de cambiarle la vida a las personas.

Y vaya casualidad que yo mismo haya elegido una carrera que busca cambiar vidas a través del uso de las palabras y de las ideas.

Creo que muchas veces las personas dudamos de las ideas que tenemos simplemente porque estamos en el contexto equivocado y lo único que necesitamos para poder animarnos es que alguien crea en nosotros. Las palabras correctas se vuelven de un valor incalculable en esos momentos.

Acá es dónde creo que todos nosotros podemos hacer la diferencia.

Yo se que quizás vos ocupas un puesto de liderazgo o que te relacionas con muchas personas que pueden estar en un momento como ese. Y se que quizás muchas veces te preguntás cómo podés ayudar a esas personas en las que observas un potencial a ser desarrollado.

Si sos de esos, si sos de los que desean ver a las personas progresar, primero te digo gracias, creo que necesitamos más personas como vos. Segundo te quiero dejar algunas ideas al respecto que quizás te puedan ayudar a ayudar:

Observá
Muchas veces las personas que tienen este tipo de ideas distintas suelen ser introvertidas y cerradas porque temen el juicio de sus pares. Poder observar eso, que no siempre es fácil, y generar pequeños espacios de confianza es fundamental. No sirve acercarse a cualquier persona a intentar convencerla de que tiene que cambiar su situación porque quizás no quiera hacerlo, y eso es válido. La tarea es detectar a los que ya tienen ese deseo pero quizás no sepan cómo, o estén asustados o tengas dudas y para hacer eso se requiere de cierta sensibilidad que puede ser desarrollada.

Escuchá
Nuestra tarea siguiente es escuchar, no proponer, no hay que bajar línea, hay que escuchar primero. Todos nosotros tenemos por inercia la necesidad de proponer cosas, eso no sirve para nada porque lo único que percibe el otro es que nos estamos poniendo por encima de ellos. En esta etapa creo que sirve mucho hacer preguntas. Preguntar para entender, no para juzgar: ¿Por qué te interesa hacer eso? ¿Qué es lo que estás buscando? ¿Cuánto tiempo tenés? Etc.

Empatizá
Es muy importante entender que si la persona pertenece a un contexto distinto al nuestro debemos tener mucho tacto al hablar porque no entender contextos puede generar mucha lejanía del tipo: “Vos porque naciste en cuna de oro” Es verdad que venimos de mundos distintos pero eso no significa que no podamos ayudarnos. Intentá abordar las conversaciones poniéndote en los zapatos de esa persona. Una buena forma es reconocer tu posición de privilegio si es el caso. Ej. “Mira yo se que nací con muchas ventajas en la vida, pero en este lugar veo tanta gente que le va bien y no tienen un %10 de la inteligencia que tenés vos”.

La palabra justa.
La palabra justa no significa ser condescendiente. Hay que ser genuinos en nuestras apreciaciones y nuestro mensaje. Lo que buscamos acá es generar un optimismo no inocente. De ninguna manera hay que alentar por alentar porque eso puede tener un efecto negativo. La palabra justa se parece más a “Veo esta virtud en vos” o “Es difícil pero creo que lo podés hacer, y te puedo ayudar” que decir: “El que quiere puede”.

Respetá
Hay que respetar los deseos de las personas a pesar de que nosotros elegiríamos otras cosas, por eso nunca, pero nunca, hay que elegirle el sueño a otra persona. Si nosotros genuinamente pensamos que hay un camino mucho mejor para esa persona podemos abordar las conversaciones sugiriendo cosas como: “Está buenísimo eso que querés hacer y creo que te puede ir muy bien pero ¿Alguna vez pensaste en hacer X? Creo que te podría ir muy bien y más rápido con eso. Si queréis te puedo averiguar cómo y donde, no está de más sumar opciones”.

Creo que si usamos estas herramientas, quizás no en el corto plazo pero en el mediano o largo plazo podemos ayudar a las personas a destruir algunas de las construcciones mentales que impiden el progreso.

¿Y vos?

Ahora me gustaría que vos me cuentes tu historia:
¿Qué fue eso que alguien te dijo alguna vez que cambió el rumbo de tu vida?

Déjamelo en los comentarios👇🏼.

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