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El potencial de las personas

Cuando era chico siempre fuí el tímido de la clase. En la escuela me costaba mucho. Ante cualquier cosa que me dijeran de repente me ponía rojo como un tomate y si me decían que estaba rojo me ponía más rojo todavía. En mi grupo de amigos me pasaba igual, siempre había personas más extrovertidas que yo que se desenvolvían con mucha más naturalidad y por eso yo sentía que les caían mejor a las otras personas. A mi me costaba. Y cuando llegó la edad de interactuar con las chicas fue algo que sufría constantemente sobre todo en una sociedad que te empuja a hacer eso, que te presiona. Nunca lo pude hacer con soltura y eso me costó no poder, no saber cómo vincularme con los otros de la mejor forma.
Este problema me acompañó incluso hasta mi adultez, en las clases en la facultad también me costaba mucho que alguien me note porque buscaba lo contrario. Al hacer una pregunta o al llegar tarde a las clases (ese momento en el que todos se dan vuelta a mirarte) yo sentía una vergüenza tremenda que me impulsaba a hacer cualquier cosa para evitar ese tipo de situaciones, hacía todo lo posible para pasar desapercibido incluso dejar de preguntar cuando tenía dudas.

Un día cuando ya tenía algo de 30 años me llega un video por internet que hasta ese momento no había visto. Era una charla TED. ¿Qué es esto? Pensé. Yo no tenía idea de qué era pero cuando vi la primera no pude parar de consumirlas. Me gustaron tanto que me anoté en un curso que impartían algunos organizadores de las charlas TEDx Rio de la Plata, el evento local TED más importante del país y para mi sorpresa quedé seleccionado entre más de 400 postulantes.
Lo que no sabía en ese momento, era que al final del curso yo mismo iba a ser orador porque el curso cerraba con una charla de unos 4 minutos de todos los participantes.
¿Iba a hablar en público? ¿Yo? ¿El que le temblaba la voz en los exámenes orales del colegio? Si, y ya no había vuelta atrás. No era opcional.

A medida que se acercaba el día del evento mis nervios aumentaban porque nunca fui una persona a la cual ese tipo de cosas se le dieran naturalmente como venía contando.
Para peor, el día del evento, de entre los más de 40 expositores yo iba a cerrar el evento en el teatro Metropolitan City. ¡Era el último orador de la jornada!

Llegó ese día y la charla salió con muchos nervios, pero salió y en el momento en el que bajé del escenario, por los comentarios de las personas que habían asistido al teatro me di cuenta de que había estado bien. Que el mensaje había llegado y que había logrado emocionar a parte de la audiencia. Y me entusiasmé muchísimo con esta idea de exponer en público.

Toda esa alegría me duró hasta que la charla estuvo online. Cuando la vi por primera vez eso significó un golpe durísimo para mi porque odié cada gesto, cada detalle, cada movimiento de cejas, el temblor de mis labios por los nervios, la ropa que me puse ese día y el tono de mi voz por sobre todas las cosas.

Y durante más o menos dos años decidí que nunca más me iba a dedicar a nada parecido a eso que tanto me entusiasmó y que logró romper esa timidez, al menos por un tiempo, que yo traía desde que era un chico. Me iba a alejar de cualquier cosa que me diera exposición. Entendí que eso no era para mí, eso era para personas extrovertidas y yo claramente no lo era.

Más tarde en una etapa de mi vida donde busqué expandir mis redes de contactos, dos por tres me tomaba un café con algún desconocido, y notaba que pasaba algo en esos intercambios: El efecto que generaba en las otras personas el hecho de contarles parte de mi historia y de mis reflexiones acerca de esas vivencias.

Y empecé a convencerme de que quizás verdaderamente tenía algo de valor para ofrecer porque eso que me pasaba en cada café ya era algo recurrente. Yo siempre seguí mirando charlas, me encantaban y a la vez siempre sentí que faltaba algo, una voz que viniese de abajo pero que hablara con un tono optimista. Inspiración para los que nos tenemos que hacer de abajo.

Fuí empezando a reconsiderar el hecho de volver a intentarlo, de volver a exponer mis ideas hasta que no pude más con esta idea y me animé a dar un paso. Lo primero que hice fue anotarme en un curso de oratoria, un poco para decirme a mi mismo que verdaderamente estaba intentando hacer esto y otro poco para poder aprender más de la materia. En este curso otra vez sentí lo mismo a pesar de que aún me costaba horrores exponer.

En ese momento empecé a publicar en mis redes que estaba intentando explorar este nuevo camino y un contacto que conocí al participar en este curso que me vio debutar como orador, me convoca para un evento ¡En Tecnópolis! El evento se llamaba Campus Party y era un megaevento de varios días de duración. Yo tenía el borrador de una charla que había escrito en este curso de oratoria así que dije que sí a pesar de que no la había probado con gente.

Lo que pasó ese día al exponer fue increíble, verdaderamente sentí un estado de éxtasis a medida que exponía y que veía los rostros de mi audiencia cambiando a lo largo del desarrollo de la charla que hoy escribiendo estas palabras todavía puedo sentir esa emoción propia de las cosas que tienen un disfrute intrínseco.

A partir de esa experiencia fue que verdaderamente empecé a considerar esto como una carrera y pensé que quizás la forma de construir ese camino era animarme a hacer cosas en las redes sociales. Fui a YouTube, después a Instagram. Tuve la oportunidad de dar más charlas.

Hasta me animé a dar un taller que buscaba animar a las personas a proyectarse hacia adelante y a pensar las decisiones a tomar hoy para construirme ese camino.

Una de las asistentes de ese taller era una vecina de mi antiguo barrio que se sumó porque vio una publicación en mis redes pero que no me veía desde mis 20s años.

Cuando terminó me dijo algo así cómo: “No puedo creer todo lo que avanzaste, vos era muy tímido apenas si te había escuchado hablar cuando te conocí”.

En mis redes sociales me pasó algo similar, un seguidor de mi cuenta de Instagram me dijo: “Es increíble como creciste comparado con los primeros videos que hiciste”

Hay una frase muy común que dice que las personas tenemos hacer aquellas cosas en las que ya somos buenos. Cada vez que la leo pienso en mi historia y en las cosas que me interesan, las que pude aprender y las que por algún motivo me atraen todo el tiempo, y siento que no puedo estar de acuerdo con esa afirmación.

Porque creo que concentrarnos en aquellas cosas en las que ya somos buenos es una especie de mandato que se salta la pregunta: “¿Qué quiero hacer?” y esa para mi es una expresión de libertad. Porque puede ser que eso que querés hacer sea eso en lo que ya sos bueno, pero ¿Qué pasa si no es así?

Y además porque creo que eso en lo que “somos buenos” es en realidad una foto estática capturada en un momento determinado que no habla en absoluto de aquello que podemos llegar a ser y que elegimos llegar a ser.

Las personas no somos fotos, ni somos estáticos, las personas a diferencia de los otros animales tenemos la capacidad de desarrollarnos a menos que pensemos que no lo podemos hacer y ahí está justamente el problema.

Pero hay algo que para mi es fundamental: tenemos que sentirnos interesados en algo, para poder desarrollarnos.

Así que yo cambiaría la pregunta: ¿En qué soy bueno? por ¿Qué me interesa de verdad?

Porque quizás alguien que participara de alguna de mis charlas en la actualidad, con todas las fallas y con todo lo que tengo que aprender, podría pensar que yo muestro muchos rasgos que dicen que yo debería dedicarme a eso. Pero la realidad es que esos rasgos no estuvieron durante mucho tiempo fue solo mi deseo genuino de querer desarrollarme lo que me mantuvo aprendiendo y mejorando a lo largo de varios años, no que fuera claro que eso era lo mío. No lo era.

Creo que parte de creer en las personas es por un lado aceptar sus deseos genuinos y por el otro alentar su desarrollo. Porque creo que todos podemos aprender todo y ser mejores en lo que sea que nos propongamos, en mayor o en menor medida todos podemos ser mucho mejores en las cosas que nos importan, muchos mejores de lo que somos hoy. Después cada persona tomará sus decisiones y sus apuestas pero el potencial está para todos nosotros.

Por eso no deberíamos juzgar lo que una persona es capaz de hacer sólo basándonos en la imagen actual de esa persona porque varios años más tarde esa personas nos puede dar una gran y ojalá grata sorpresa.

Yo creo que detectar ese deseo no solo en los demás sino también en uno mismo es algo clave porque no todos nosotros tenemos tan libre la autopista por la cuál nuestros deseos se comunican con nosotros. Muchos de nosotros bloqueamos esa vía a través de años y años de condicionamiento.

Es tiempo de empezar a ver posibilidad donde otros sólo pueden ver límites.

Así que como siempre y en cada unos de los artículos que escribo te animo a creer en las personas. Porque es verdad que muchos de nosotros quizás no podamos hacer todo lo que queremos hacer en nuestra vida, pero va a haber algunos que sí y no tenemos forma de saber y mucho menos de juzgar cuál será cuál. No seamos nosotros el factor por el cuál alguien no pudo, por acción negativa o por inacción pudiendo ayudar.

Lo único que podemos hacer es dejar de ser una limitación más en la vida de las personas y ser un propulsor de esos deseos natos que todos tienen. Que encuentren los límites donde realmente están, en la realidad, para que tengan la energía para poder sobrepasarlos y que no encuentren los límites donde no están, en nuestras opiniones negativas o en nuestra indiferencia.

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