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El potencial de las personas

Cuando era chico siempre fuí el tímido de la clase. En la escuela me costaba mucho. Ante cualquier cosa que me dijeran de repente me ponía rojo como un tomate y si me decían que estaba rojo me ponía más rojo todavía. En mi grupo de amigos me pasaba igual, siempre había personas más extrovertidas que yo que se desenvolvían con mucha más naturalidad y por eso yo sentía que les caían mejor a las otras personas. A mi me costaba. Y cuando llegó la edad de interactuar con las chicas fue algo que sufría constantemente sobre todo en una sociedad que te empuja a hacer eso, que te presiona. Nunca lo pude hacer con soltura y eso me costó no poder, no saber cómo vincularme con los otros de la mejor forma.
Este problema me acompañó incluso hasta mi adultez, en las clases en la facultad también me costaba mucho que alguien me note porque buscaba lo contrario. Al hacer una pregunta o al llegar tarde a las clases (ese momento en el que todos se dan vuelta a mirarte) yo sentía una vergüenza tremenda que me impulsaba a hacer cualquier cosa para evitar ese tipo de situaciones, hacía todo lo posible para pasar desapercibido incluso dejar de preguntar cuando tenía dudas.

Un día cuando ya tenía algo de 30 años me llega un video por internet que hasta ese momento no había visto. Era una charla TED. ¿Qué es esto? Pensé. Yo no tenía idea de qué era pero cuando vi la primera no pude parar de consumirlas. Me gustaron tanto que me anoté en un curso que impartían algunos organizadores de las charlas TEDx Rio de la Plata, el evento local TED más importante del país y para mi sorpresa quedé seleccionado entre más de 400 postulantes.
Lo que no sabía en ese momento, era que al final del curso yo mismo iba a ser orador porque el curso cerraba con una charla de unos 4 minutos de todos los participantes.
¿Iba a hablar en público? ¿Yo? ¿El que le temblaba la voz en los exámenes orales del colegio? Si, y ya no había vuelta atrás. No era opcional.

A medida que se acercaba el día del evento mis nervios aumentaban porque nunca fui una persona a la cual ese tipo de cosas se le dieran naturalmente como venía contando.
Para peor, el día del evento, de entre los más de 40 expositores yo iba a cerrar el evento en el teatro Metropolitan City. ¡Era el último orador de la jornada!

Llegó ese día y la charla salió con muchos nervios, pero salió y en el momento en el que bajé del escenario, por los comentarios de las personas que habían asistido al teatro me di cuenta de que había estado bien. Que el mensaje había llegado y que había logrado emocionar a parte de la audiencia. Y me entusiasmé muchísimo con esta idea de exponer en público.

Toda esa alegría me duró hasta que la charla estuvo online. Cuando la vi por primera vez eso significó un golpe durísimo para mi porque odié cada gesto, cada detalle, cada movimiento de cejas, el temblor de mis labios por los nervios, la ropa que me puse ese día y el tono de mi voz por sobre todas las cosas.

Y durante más o menos dos años decidí que nunca más me iba a dedicar a nada parecido a eso que tanto me entusiasmó y que logró romper esa timidez, al menos por un tiempo, que yo traía desde que era un chico. Me iba a alejar de cualquier cosa que me diera exposición. Entendí que eso no era para mí, eso era para personas extrovertidas y yo claramente no lo era.

Más tarde en una etapa de mi vida donde busqué expandir mis redes de contactos, dos por tres me tomaba un café con algún desconocido, y notaba que pasaba algo en esos intercambios: El efecto que generaba en las otras personas el hecho de contarles parte de mi historia y de mis reflexiones acerca de esas vivencias.

Y empecé a convencerme de que quizás verdaderamente tenía algo de valor para ofrecer porque eso que me pasaba en cada café ya era algo recurrente. Yo siempre seguí mirando charlas, me encantaban y a la vez siempre sentí que faltaba algo, una voz que viniese de abajo pero que hablara con un tono optimista. Inspiración para los que nos tenemos que hacer de abajo.

Fuí empezando a reconsiderar el hecho de volver a intentarlo, de volver a exponer mis ideas hasta que no pude más con esta idea y me animé a dar un paso. Lo primero que hice fue anotarme en un curso de oratoria, un poco para decirme a mi mismo que verdaderamente estaba intentando hacer esto y otro poco para poder aprender más de la materia. En este curso otra vez sentí lo mismo a pesar de que aún me costaba horrores exponer.

En ese momento empecé a publicar en mis redes que estaba intentando explorar este nuevo camino y un contacto que conocí al participar en este curso que me vio debutar como orador, me convoca para un evento ¡En Tecnópolis! El evento se llamaba Campus Party y era un megaevento de varios días de duración. Yo tenía el borrador de una charla que había escrito en este curso de oratoria así que dije que sí a pesar de que no la había probado con gente.

Lo que pasó ese día al exponer fue increíble, verdaderamente sentí un estado de éxtasis a medida que exponía y que veía los rostros de mi audiencia cambiando a lo largo del desarrollo de la charla que hoy escribiendo estas palabras todavía puedo sentir esa emoción propia de las cosas que tienen un disfrute intrínseco.

A partir de esa experiencia fue que verdaderamente empecé a considerar esto como una carrera y pensé que quizás la forma de construir ese camino era animarme a hacer cosas en las redes sociales. Fui a YouTube, después a Instagram. Tuve la oportunidad de dar más charlas.

Hasta me animé a dar un taller que buscaba animar a las personas a proyectarse hacia adelante y a pensar las decisiones a tomar hoy para construirme ese camino.

Una de las asistentes de ese taller era una vecina de mi antiguo barrio que se sumó porque vio una publicación en mis redes pero que no me veía desde mis 20s años.

Cuando terminó me dijo algo así cómo: “No puedo creer todo lo que avanzaste, vos era muy tímido apenas si te había escuchado hablar cuando te conocí”.

En mis redes sociales me pasó algo similar, un seguidor de mi cuenta de Instagram me dijo: “Es increíble como creciste comparado con los primeros videos que hiciste”

Hay una frase muy común que dice que las personas tenemos hacer aquellas cosas en las que ya somos buenos. Cada vez que la leo pienso en mi historia y en las cosas que me interesan, las que pude aprender y las que por algún motivo me atraen todo el tiempo, y siento que no puedo estar de acuerdo con esa afirmación.

Porque creo que concentrarnos en aquellas cosas en las que ya somos buenos es una especie de mandato que se salta la pregunta: “¿Qué quiero hacer?” y esa para mi es una expresión de libertad. Porque puede ser que eso que querés hacer sea eso en lo que ya sos bueno, pero ¿Qué pasa si no es así?

Y además porque creo que eso en lo que “somos buenos” es en realidad una foto estática capturada en un momento determinado que no habla en absoluto de aquello que podemos llegar a ser y que elegimos llegar a ser.

Las personas no somos fotos, ni somos estáticos, las personas a diferencia de los otros animales tenemos la capacidad de desarrollarnos a menos que pensemos que no lo podemos hacer y ahí está justamente el problema.

Pero hay algo que para mi es fundamental: tenemos que sentirnos interesados en algo, para poder desarrollarnos.

Así que yo cambiaría la pregunta: ¿En qué soy bueno? por ¿Qué me interesa de verdad?

Porque quizás alguien que participara de alguna de mis charlas en la actualidad, con todas las fallas y con todo lo que tengo que aprender, podría pensar que yo muestro muchos rasgos que dicen que yo debería dedicarme a eso. Pero la realidad es que esos rasgos no estuvieron durante mucho tiempo fue solo mi deseo genuino de querer desarrollarme lo que me mantuvo aprendiendo y mejorando a lo largo de varios años, no que fuera claro que eso era lo mío. No lo era.

Creo que parte de creer en las personas es por un lado aceptar sus deseos genuinos y por el otro alentar su desarrollo. Porque creo que todos podemos aprender todo y ser mejores en lo que sea que nos propongamos, en mayor o en menor medida todos podemos ser mucho mejores en las cosas que nos importan, muchos mejores de lo que somos hoy. Después cada persona tomará sus decisiones y sus apuestas pero el potencial está para todos nosotros.

Por eso no deberíamos juzgar lo que una persona es capaz de hacer sólo basándonos en la imagen actual de esa persona porque varios años más tarde esa personas nos puede dar una gran y ojalá grata sorpresa.

Yo creo que detectar ese deseo no solo en los demás sino también en uno mismo es algo clave porque no todos nosotros tenemos tan libre la autopista por la cuál nuestros deseos se comunican con nosotros. Muchos de nosotros bloqueamos esa vía a través de años y años de condicionamiento.

Es tiempo de empezar a ver posibilidad donde otros sólo pueden ver límites.

Así que como siempre y en cada unos de los artículos que escribo te animo a creer en las personas. Porque es verdad que muchos de nosotros quizás no podamos hacer todo lo que queremos hacer en nuestra vida, pero va a haber algunos que sí y no tenemos forma de saber y mucho menos de juzgar cuál será cuál. No seamos nosotros el factor por el cuál alguien no pudo, por acción negativa o por inacción pudiendo ayudar.

Lo único que podemos hacer es dejar de ser una limitación más en la vida de las personas y ser un propulsor de esos deseos natos que todos tienen. Que encuentren los límites donde realmente están, en la realidad, para que tengan la energía para poder sobrepasarlos y que no encuentren los límites donde no están, en nuestras opiniones negativas o en nuestra indiferencia.

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El trabajo no dignifica

Yo tenía 18 años y necesitaba trabajar y como no tenía aún mi título secundario no había muchos trabajos a los que pudiese postular. Pero un día una amiga de mi mamá le comenta que en el Aeroparque Jorge Newberry en Buenos Aires, estaban tomando jóvenes y muy importante: No pedían el título secundario.

Eran tantas las ganas que tenía de trabajar que a pesar de ni siquiera saber de qué era el trabajo allá fuí, a hacer esa cola enorme de unos 60 pibes hasta que llegó mi turno. Como era mi primera entrevista formal estaba muy nervioso y creo que por eso me rebotaron.

Pero un amigo que fue conmigo y que sí había quedado, me sugirió volver a hacer la entrevista. “Andá de nuevo, entró cada uno…” Me dijo. En mi segunda entrevista me fue bien. “Empezás el lunes” me dijo el entrevistador.

Así fue como entré a trabajar al Aeroparque, sin saber que pronto iba a experimentar el peor trabajo de mi vida. Pero no nos adelantemos…

Mi función en ese trabajo iba a ser la de “controlar” a las otras áreas de la compañía y luego de finalizar esas tareas, nos tocaba vigilar los aviones.

Lo primero era sencillo (o eso pensaba), tenía una planilla con nombre, apellido, horarios de entrada y salida, y nombre de la empresa que actuaba sobre los aviones. Nos teníamos que acercar a las personas que estaban trabajando en el avión y amablemente solicitarles esos datos. Catering, limpieza, mecánicos, maleteros, eran algunas de las áreas que nos tocaba registrar.

Luego de que esos sectores trabajaran en los aviones, éstos quedaban esperando la próxima partida. Esa espera podía ser de horas, y yo tenía que quedarme paradito del lado de afuera del avión hasta que empezara el próximo viaje.

Mi alegría por estar cerca de los aviones y por primera vez en mi vida conocer uno por dentro me duró poco porque pronto empecé a experimentar cómo se desenvolvía ese trabajo en el día a día.

Cuando pensé en buscar un trabajo pensé básicamente en dos cosas:

1. Tener ingresos para poder solventar mis gastos de joven sin tener que acudir a mi mamá.

2. Trabajar en un lugar donde pudiese estar medianamente tranquilo.

Y pensé que era eso lo que iba a obtener de ese trabajo pero mis expectativas cayeron en picada cuando pude ver cómo eran las cosas realmente. Iba a aprender lo que significaba ir a trabajar con todo lo que eso representa.

Trabajaba 12 hs. por día y tenía 1:30hs. de viaje de ida, es decir, 3:00hs. de viaje en total. Eso apenas me dejaba tiempo para llegar a mi casa, bañarme, comer y dormir para arrancar al otro día bien temprano. No tenía vida.

Teníamos un régimen de francos de 5×1: 5 días de trabajo x 1 de franco. Entonces trabajaba casi todos los fines de semana.

Y para colmo de todo, el sueldo era el mínimo. Pero eso me lo bancaba, hasta ahí estaba bien con eso, mis pretensiones no eran muy altas. Lo que no me iba a bancar iba a ser todo lo demás. Dejame que te cuente un poco de eso:

La empresa que nos contrató era una tercerizada, así que eso nos ponía en una situación de desventaja con respecto a las otras áreas de la compañía que nos tocaba “controlar” y que pertenecían directamente a la empresa con sus respectivos gremios. No les gustaba nada que chicos de 20 años les pregunten apellido y horarios. Eso nos exponía a muchas situaciones de conflictos con estas personas, que les importaba un bledo estar lidiando con chicos de 20 años con miedo de que los echen, y así nos trataban.

Recuerdo varios episodios con los maleteros donde nos ignoraban o nos decían nombres falsos, mientras se reían de nosotros. Me la hicieron pasar pésimo, sobre todo los primeros días.

Pero el peor evento ocurrió un día donde me tocó cruzarme a un mecánico de los aviones. Ya nos habían advertido que eran muy agresivos, y que no entráramos en conflicto con ellos porque por gremio y antigüedad nos iban a despedir a nosotros sin pensarlo dos veces. Ese día me tocó ver a uno de ellos, un tipo de unos 50 años que estaba trabajando en la cabina. Así que fui a hacer mi trabajo como me enseñaron. ¡Qué inocente fuí por dios! El tipo no sólo me insultó adelante de todos sino que amenazó con cagarme a trompadas.

En ese momento fueron tantos los nervios que lo único que atiné a hacer fue ponerme a llorar como un niño. Todavía recuerdo el temblor de mis manos intentando anotar en mi planilla: “No aporta datos”. Esto nunca se lo conté a mis compañeros porque en ese momento no quería que me dijeran que era un maricón. Si, eso nos dicen desde chicos. ¡Tenía 18 años!

Una mañana estaba parado al lado de unos de los aviones que me tocaba custodiar en la pista y todavía recuerdo el frío que sentía estando parado ahí. El Aeroparque está ubicado frente al Rio de la Plata donde por la mañana hace un frío polar. Y yo estaba ahí con un sweater finito porque la compañía ahorraba en costos, y uno de esos costos eran las camperas, a mí no me tocó la suerte de que me den una.

Por primera vez en mi vida me sentí nadie, como si no valiera nada, como si a nadie le importara y entendí rápidamente un poco de lo que habrán experimentado mis padres que trabajaron de lo que sea por muchos años para darnos un futuro a mi y a mis hermanos.

Las siguientes semanas me puse muy reflexivo acerca de mi situación y observé mucho más a mi alrededor. Me di cuenta de que muchas personas que trabajaban ahí necesitaban llevar el mango a la casa si o sí, no les quedaba otra y por eso seguían soportando los maltratos y el destrato. Y entendí que ese no era mi caso, yo todavía era joven, yo sí tenía opción así que decidí que no valía la pena seguir un día más en ese lugar. Ahí fue que empecé a buscar otra cosa.

Por medio de otro contacto me llegó la oportunidad de postular para otro trabajo. Era un puesto como operario en una fábrica en San Martín. Tenía un turno de trabajo fijo de lunes a viernes, de 10hs. diarias, a 20 minutos en colectivo de mi casa. ¡Para colmo pagaban más! ¡Me había sacado la lotería! Así que dejé atrás ese triste episodio en el Aeroparque y cambié de trabajo.

En ese momento no lo sabía pero había avanzado un casillero en mi proceso de dignificación con respecto al trabajo anterior y creí que estaba en la gloria. Pero con el tiempo empecé a observar otras cosas que hasta ese momento no había visto. Empecé a entender de a poco que en esto de dignificarse existen muchas etapas posteriores además de la que estaba en ese momento. En ese momento pensaba que ya había accedido al trabajo digno y en muchos sentidos si lo era pero todavía no había llegado al final del recorrido. El camino recién estaba empezando para mí pero esa será historia para otro día.

Muchas veces leo o escucho a las personas decir que el trabajo dignifica y si bien algo de eso hay al final del día no puedo estar de acuerdo con esa afirmación, porque creo que es una narrativa que busca poner a los trabajadores en una posición de desventaja frente a muchos empleadores explotadores.

Como si les dijésemos a las personas que mientras las explotamos, en realidad los estamos beneficiando. Una narrativa que claramente beneficia a una sola de las partes.

Pero tampoco es que no creo que no haya algo de dignidad en el hecho de tener un trabajo honesto. Sino que creo que hace falta algo más para considerar que un trabajo dignifique. Porque yo las horas en las que estaba cagándome de frío en la pista de Aeroparque me sentía cualquier cosa, menos digno.

No hay texto alternativo para esta imagen

Hoy tengo otro trabajo y tengo otras proyecciones de carrera y de futuro abismalmente distintas a la que tenía en esos tiempos, también será para otra historia pero mirando hacia atrás y sobre todo mirando a las personas que me rodean yo entendí que el hecho de ser o no ser digno, por supuesto que tiene que ver con la remuneración, con el tipo de trabajo, y con el hecho de tener un trabajo en sí pero mucho más importante que tener un trabajo, es tener un trabajo dónde te tratan como una persona.

No te voy a contar nada nuevo si te digo que existen miles de espacios de trabajo con culturas deshumanizantes donde la mirada que se tiene con respecto al otro que está en una situación de vulnerabilidad con respecto a las personas que las lideran es fría, lejana y hasta cruel.

Te toca a vos…

Yo se que ese no es tu caso, sino no estarías leyendo esto pero de todas formas creo que es muy importante entender este tema porque hay enormes probabilidades de que muchas de las personas que se suman a nuestros equipos de trabajo vengan de años expuestas a ese tipo de entornos, y que ese recorrido haya dejado marcas.

Así que te dejo algunas ideas que quizás te sirvan, creo que podemos sanar las heridas del pasado con algunas herramientas simples. Yo se que a vos te interesa hacer las cosas bien, así que te dejo algunas ideas.

Gestos

Una de las cosas por las cuáles uno empieza a percibir que está en un entorno dignificante son los pequeños gestos, desde traer un vaso de agua, hasta agacharse a levantar algo del piso, o lo que sea. Los gestos son clave, a veces pasan desapercibidos para nosotros pero para quienes los reciben les puede cambiar el día. Recuerdo de estar en trabajos donde alguien tenía un gesto conmigo y yo estaba semanas hasta naturalizarlo porque en mi cabeza seguro venía con malas intenciones detrás, todo producto de mis anteriores espacios de trabajo.

Humildad

A pesar de que seamos el o la gerente general de una multinacional y ganemos USD 10.000 por mes, eso nos hace más que el tipo que barre la vereda. Y esto no es hipocresía, yo verdaderamente creo que nadie es más que nadie. Simplemente vivimos en un sistema que nos ubica a cada uno de nosotros en lugares distintos. Y cuando una persona logra abrazar el valor de la humildad y se encuentra en una posición de liderazgo eso desprende otro valor que es la grandeza. Personalmente siento, creo y veo que las personas que abrazan este valor de humildad se vinculan distinto con los demás.

No niegues la desigualdad

Hablar de igual a igual no significa negar las relaciones desiguales. No lo hagas porque suena falso. Las personas que toman trabajos menos pagos, o más difíciles no lo hacen porque los eligen, probablemente si pudiesen elegir elegirían otra cosa. Ellos aceptaron esa situación y buscan estar lo más tranquilos que puedan. Pero eso no significa que no sepan en qué lugar de la balanza están. No intentemos fingir que eso no existe, porque va a construir lejanía.

Ser humano

Creo que muchas personas eligen la frialdad y la lejanía porque no quieren que se contaminen las relaciones verticales con excesos de confianza. Pero creo que hay formas de mantener esa verticalidad propia de los equipos de trabajo y de las dinámicas de las empresas y la vez abrazar este sentido de la humanidad. Por supuesto que no es algo fácil pero creo que se puede construir con el tiempo.

Y eso es todo por esta vez, espero que hayas disfrutado esta lectura, que te haya servido y por favor si te gustó apóyame dejándome un comentario o compartiendo este artículo en tu feed. Mi objetivo es que más personas que conozcan, y que las que me conocen me conozcan aún más, de esta forma, agregando valor.

Gracias por leer. Comentá, compartí, recomendá. 😊

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La palabra justa en el momento justo

Hace más de diez años yo estaba trabajando como operario en una fábrica. Mi función era ensamblar una parte en una línea de producción durante todo el día. Había entrado a esa empresa cuando tenía 19 años, escapando del peor trabajo que tuve en mi vida. Por lo tanto estaba feliz de trabajar en ese lugar y así permanecí los primeros años.

Pero después de trabajar casi 5 años en ese lugar sentí que estaba estancado. Y eso que al principio me gustaba tanto ya no me gustaba como al principio. Así que decidí que era tiempo de cambiar de aires, quería seguir progresando.

Un día gracias a un amigo que me pasó un dato surgió la posibilidad de postular a un trabajo nuevo. El puesto era el mismo: operario en una línea de producción pero en otra fábrica donde pagaban un poco más.

Así que renuncié y cambié de trabajo pensando que de esa forma iba a estar mejor.

Pero me equivoqué.

Porque después de un tiempo de trabajar en este nuevo lugar me di cuenta de que a pesar de que ganaba un poco más eso no compensaba otras cosas de ese trabajo que eran claramente peores y que no tenían que ver con el dinero. Cosa que tenían que ver con el trato humano y que no voy ahondar en detalles ahora.

Pero ya no podía dar marcha atrás porque ya había renunciado a mi trabajo anterior. Y en esos meses que siguieron me puse muy reflexivo acerca de mi situación en ese momento.

Me di cuenta de que a mis 25 años no había hecho nada de mi vida. Todavía seguía trabajando como operario, no tenía mi título secundario y no sabía hacer otra cosa.

No me gustaba mi trabajo porque sentía que lo único que se valoraba de mi era qué tan rápido podía mover las manos y que tan cerrada podía mantener la boca.

En ese momento me di cuenta de que venía tomando las decisiones equivocadas durante los últimos 7 años desde que había decidido no seguir estudiando, desde que había decidido quedarme en un trabajo cómodo, desde que había decidido disfrutar la vida sin pensar demasiado en mi futuro.

Como era de esperarse esa apuesta salió mal.

En ese momento sentí como que abrí los ojos y por primera vez pude ver que estaba metido en arenas movedizas, que hacía años que estaba ahí y que cada año que había ido pasando me fuí hundiendo más y más hasta llegar a este momento dónde era muy difícil poder escapar. Mi margen de maniobra se había achicado con los años.

No me gustaba mi realidad, sentía que estaba para más pero no tenía la más puta idea de qué hacer para cambiarla.

Un momento de cambio

Sin embargo adentro mío algo me pinchaba, era un pensamiento que me abordaba muy seguido que aparecía y desaparecía todo el tiempo:

“Matías, vos estás para más”.

Y llegó un momento en el que este pensamiento me pinchó tanto que decidí prestarle atención por primera vez. Empecé a pensar en qué podía hacer desde mi lugar para cambiar las cosas.

¿Qué puedo hacer desde el lugar en dónde estoy para seguir progresando?

Al principio era una vez cada tanto, pero cada vez me lo empecé a preguntar más y más. De hacerme esa pregunta cada vez más seguido algo fue cambiando en mi cabeza.

Hasta que un día me entró una idea:

¿Y si me dejo de joder y vuelvo a estudiar?

Después de una búsqueda averigüé que en la universidad de San Martín estaba la carrera de ingeniería.

Entonces pensé: “Quizás si pudiese avanzar en esa carrera podría cumplir mis sueños”.

  • Viajar en avión por primera vez.
  • Tener mi auto propio.
  • Trabajar en un lugar dónde se me valorara por otra cosa que no fuese simplemente qué tan rápido pudiese mover mis manos.

El desafío era gigantesco, primero porque ingeniería es una de las carreras más difíciles de todas, es la que odian todos aquellos que odian las matemáticas, que son la mayoría.

Segundo porque ir a la universidad era todo un reto para mí porque hacía siete años que estaba sin estudiar nada y porque demás yo no tenía referencias de nadie cercano que hubiese pisado una universidad. Mis padres no habían pasado del séptimo grado. Yo iba a ser primera generación de universitarios con todo lo que eso significa para las familias que venimos de los barrios vulnerables.

En los meses que pasaron mientras esta idea me daba vueltas por la cabeza, pensar en todas estas cosas me llenaba de miedos, de dudas, de ansiedad y por momentos de angustia.

Un descubrimiento triste…

Pero una cosa que nunca esperé que me sucediera se dio cuando empecé a exteriorizar esto que quería hacer con las personas que me rodeaban.

Y me sorprendió tristemente el tipo de comentarios que me hacían algunas personas con respecto a esto que yo estaba tratando de convencerme de que era capaz de hacer.

“Esa carrera es muy difícil, tengo un amigo que es bocho que no pasó del primer año. ¿Por qué no te buscas algo más fácil?.”

“La universidad no es para gente como nosotros. Eso es para los que tienen plata y no laburan.”

“¿Dónde vas a estar mejor que acá? Mira que la cosa está jodida, si perdés este laburo no vas a conseguir uno igual tan fácil.”

Ese compartir con los demás algo que me entusiasmaba, no sólo no me ayudó sino que potenció los miedos que ya tenía a la vez que me sumó nuevos miedos.

Y entre los miedos nuevos que se me sumaron el peor de todos era:

Ir a la facultad, fracasar y tener que volver a darles la razón a esos que me decían que eso no se podía hacer, que eso no era para alguien como yo, que yo había sido inocente. Y a la vez darme cuenta, en ese preciso momento, de que me iba a tener que resignar a quedarme en un trabajo como ese para siempre. Ese era mi mayor miedo.

Eso hizo que considerara estúpida la idea que tenía y pensara muchas veces en tirarla a la basura.

La voz en mi cabeza…

Pero finalmente no pude con esta voz que me empujaba desde adentro y un día lo decidí: Iba a ir a la universidad.

  • Sin importar las probabilidades.
  • Sin importar lo que otros pensaran.
  • Sin importar lo difícil que me resultara hacer eso.

Cuando me quise acordar estaba pisando la universidad por primera vez y fue como entrar en un mundo nuevo. Fue cuando se abrió un capítulo muy hermoso de mi vida.

Me acuerdo que salía de la fábrica y viajaba en colectivo y tren hasta la facultad a cursar mis materias hasta la noche. Y para mi sorpresa me empezó a ir muy bien, mucho mejor de lo que pensaba.

En ese momento me acordé de todas las cosas que me habían dicho los demás. ¿Cómo puede ser que había dudado tanto? ¿Cómo les di tanta entidad a esas opiniones? Porque comprobé que todas esas cosas que me decían no tenían nada que ver con la realidad. Eran simplemente opiniones basadas en el desconocimiento y en los miedos propios.

Y lo más gracioso fue que uno de los miedos que tenía cuando pensaba en estudiar se hizo realidad:
Un día me llaman y me dicen que me echaron de mi trabajo en la fábrica, a pesar de que me había matado para quedar en planta permanente en esa empresa.
Pero lo gracioso fue que eso que tanto temía, cuando pasó me importó muy poco porque estaba feliz por como iban las cosas en la facultad.

Al poco tiempo empecé a enviar curriculums nuevamente y mis entrevistas laborales cambiaron drásticamente. Ya no eran para puestos como operario sino como profesional donde buscaban estudiantes de ingeniería.

Conseguí mi primer trabajo como profesional y al tiempo volví a cambiar de trabajo por uno muchísimo mejor.

Mi realidad cambió y de repente me permití hacer muchas cosas que en su momento eran un sueño imposible. La magia de que suceda lo altamente improbable.

Llegando a Cancún en el año 2013. Un viaje soñado.

Hoy que estoy bastante más grande pienso en algunas cosas que me dejó esta experiencia. Son muchas, pero elegí una para esta ocasión.

Creo que cuando buscamos hacer algo distinto a lo que hacen todas las personas que nos rodean las voces negativas alrededor de nosotros son una constante algo que siempre está presente.

Y nos equivocamos al pensar que esas opiniones son la realidad. La realidad es una simple construcción, que varía de contexto a contexto. Y esas opiniones son una simple descripción que las personas hacen acerca de sí mismas y de cómo es el mundo ahí afuera. Es una interpretación.

Superar esa barrera en ese momento de fragilidad es una de las barreras más difíciles de sortear. Y para mí sin dudas fue mi principal desafío, mucho más que la dificultad de la carrera o los malabares para estudiar y trabajar al mismo tiempo.

Porque las personas tendemos a atender mucho más a las voces de otros que las opiniones propias a pesar de estar en lo correcto. Eso nos puede llenar de dudas y miedos que nos lleven a descartar esas ideas que podrían haber cambiado nuestra realidad.

Convencerme a mí mismo de que esa era la opción correcta cuando todos a mi alrededor no creían en mí fue sin dudas el factor distintivo.

Te toca a vos

Y en este último punto es donde quiero que te concentres ahora. Te quiero compartir algo que me pasó en ese momento que para mi fue invaluable en ese momento de extrema fragilidad:

El tierno era un compañero de la fábrica más grande que yo, hacía varios años trabaja ahí, tenía ese apodo medio en cariño y medio en burla que tanto nos gustan en las fábricas.

El tierno era un tipazo (es) muchas veces me alcanzaba con el auto a mí y a otro compañero. Pero hubo un día que viajamos nosotros dos solamente porque el otro pibe había faltado.

En ese viaje en auto yo le compartí esta idea que tenía de ir a la universidad, cuando sólo era una idea, y los miedos que esto me generaba. Sus palabras nunca las pude olvidar, me dijo algo así cómo:

“Claro que tenés que ir a la universidad. Vos sos un pibe inteligente no estás para trabajar en un lugar como este.”

Ese reconocimiento que me hizo de algo que yo no había visto en mí mismo fue una de las cosas que terminó de inclinar la balanza para que yo me animara a dar el siguiente paso.

Hace un par de años lo encontré en Facebook y se lo pude expresar

Seguro que Ricardo se olvidó al tiempo de eso que me había dicho, sin embargo a mí escuchar eso me cambió la vida para siempre. Creo que las palabras tienen el potencial de cambiarle la vida a las personas.

Y vaya casualidad que yo mismo haya elegido una carrera que busca cambiar vidas a través del uso de las palabras y de las ideas.

Creo que muchas veces las personas dudamos de las ideas que tenemos simplemente porque estamos en el contexto equivocado y lo único que necesitamos para poder animarnos es que alguien crea en nosotros. Las palabras correctas se vuelven de un valor incalculable en esos momentos.

Acá es dónde creo que todos nosotros podemos hacer la diferencia.

Yo se que quizás vos ocupas un puesto de liderazgo o que te relacionas con muchas personas que pueden estar en un momento como ese. Y se que quizás muchas veces te preguntás cómo podés ayudar a esas personas en las que observas un potencial a ser desarrollado.

Si sos de esos, si sos de los que desean ver a las personas progresar, primero te digo gracias, creo que necesitamos más personas como vos. Segundo te quiero dejar algunas ideas al respecto que quizás te puedan ayudar a ayudar:

Observá
Muchas veces las personas que tienen este tipo de ideas distintas suelen ser introvertidas y cerradas porque temen el juicio de sus pares. Poder observar eso, que no siempre es fácil, y generar pequeños espacios de confianza es fundamental. No sirve acercarse a cualquier persona a intentar convencerla de que tiene que cambiar su situación porque quizás no quiera hacerlo, y eso es válido. La tarea es detectar a los que ya tienen ese deseo pero quizás no sepan cómo, o estén asustados o tengas dudas y para hacer eso se requiere de cierta sensibilidad que puede ser desarrollada.

Escuchá
Nuestra tarea siguiente es escuchar, no proponer, no hay que bajar línea, hay que escuchar primero. Todos nosotros tenemos por inercia la necesidad de proponer cosas, eso no sirve para nada porque lo único que percibe el otro es que nos estamos poniendo por encima de ellos. En esta etapa creo que sirve mucho hacer preguntas. Preguntar para entender, no para juzgar: ¿Por qué te interesa hacer eso? ¿Qué es lo que estás buscando? ¿Cuánto tiempo tenés? Etc.

Empatizá
Es muy importante entender que si la persona pertenece a un contexto distinto al nuestro debemos tener mucho tacto al hablar porque no entender contextos puede generar mucha lejanía del tipo: “Vos porque naciste en cuna de oro” Es verdad que venimos de mundos distintos pero eso no significa que no podamos ayudarnos. Intentá abordar las conversaciones poniéndote en los zapatos de esa persona. Una buena forma es reconocer tu posición de privilegio si es el caso. Ej. “Mira yo se que nací con muchas ventajas en la vida, pero en este lugar veo tanta gente que le va bien y no tienen un %10 de la inteligencia que tenés vos”.

La palabra justa.
La palabra justa no significa ser condescendiente. Hay que ser genuinos en nuestras apreciaciones y nuestro mensaje. Lo que buscamos acá es generar un optimismo no inocente. De ninguna manera hay que alentar por alentar porque eso puede tener un efecto negativo. La palabra justa se parece más a “Veo esta virtud en vos” o “Es difícil pero creo que lo podés hacer, y te puedo ayudar” que decir: “El que quiere puede”.

Respetá
Hay que respetar los deseos de las personas a pesar de que nosotros elegiríamos otras cosas, por eso nunca, pero nunca, hay que elegirle el sueño a otra persona. Si nosotros genuinamente pensamos que hay un camino mucho mejor para esa persona podemos abordar las conversaciones sugiriendo cosas como: “Está buenísimo eso que querés hacer y creo que te puede ir muy bien pero ¿Alguna vez pensaste en hacer X? Creo que te podría ir muy bien y más rápido con eso. Si queréis te puedo averiguar cómo y donde, no está de más sumar opciones”.

Creo que si usamos estas herramientas, quizás no en el corto plazo pero en el mediano o largo plazo podemos ayudar a las personas a destruir algunas de las construcciones mentales que impiden el progreso.

¿Y vos?

Ahora me gustaría que vos me cuentes tu historia:
¿Qué fue eso que alguien te dijo alguna vez que cambió el rumbo de tu vida?

Déjamelo en los comentarios👇🏼.