Esta historia fue publicada originalmente en un hilo en mi cuenta de Twitter y alcanzó las 180.000 vistas. Nunca pensé que fuera a lograr impactar en algo sobretodo porque lo escribí con el teléfono mientras esperaba que mi mujer se preparara para ir al cumpleaños de mi mamá.

La historia

Tenía 19 años y una amiga de mi vieja me comenta que en el aeropuerto de Buenos Aires, en el Aeroparque Jorge Newbery estaban pidiendo gente y que además ¡No pedían el analítico!

Yo había terminado el secundario pero el último año desbarranqué y me llevé hasta el recreo, así que por eso no tenía mi título secundario.

Recuerdo que llegué al Aeroparque y por delante mío había una fila enrome de unos 60 pibes igual que yo. En la entrevista no me fue bien. Estaba muy nervioso por ser mi primer trabajo formal y eso me jugó en contra. Me acuerdo que fui con un amigo. El quedó y a mi me rebotaron.

Pero unos días después lo vi a mi amigo y me dijo:
«Boludo, andá de nuevo que entra cada uno…»
Así que volví a ir a hacer esa fila enorme y esta vez tuve suerte.
«Estabas muy nervioso la primera vez» me dijo mi reclutador. Ahí me explicaron de qué iba a ser el trabajo.

El nombre del puesto era vigilador. Nuestra función iba a ser la de «controlar» a todo el personal que entrara y saliera de los aviones. Catering, limpieza, técnicos, etc.
Nos daban unas planillas y teníamos que completar: Nombre, empresa, entrada, salida.
Y cuando se bajaban todos del avión nuestra función era la de «custodiar» el avión. Nos quedábamos parados del lado de afuera todo el avión estuviera “estacionado” que podían ser horas.
Estuve dos meses solamente en ese trabajo, y fue por lejos la peor experiencia laboral de mi vida.

Trabajar en aeroparque

  • El sueldo era el mínimo
  • Trabajaba 12 hs, (Tenía 1:30hs de viaje de ida y 1:30hs. de viaje de vuelta, así que apenas tenía tiempo para comer, bañarme y dormir para al otro día levantarme para ir a trabajar).
  • El régimen de francos era de 5×1, así que me pasaba todos los fines de semana trabajando.

Pero eso me lo bancaba, lo que no me bancaba eran otras cosas:

  1. La empresa era tercerizada, y básicamente lo que hacía era ahorrar en todos los gastos que podía. Y uno de esos gastos eran las camperas. Así que muchas de las horas que pasábamos parados al lado de los aviones las hacíamos con sólo un suéter, con el frío polar que hace por la mañana frente al Rio de la Plata en la pista de Aeroparque. Hoy me imagino un chico de 19 años temblando de frío de esa forma, y se me pone la piel de gallina.
  2. El clima de trabajo era una mierda, básicamente porque a los otros sectores de la compañía no les gustaba ser controlados. Eso nos generaba muchas tensiones. Había un sector que especialmente nos habían advertido que tuviéramos cuidado: Los mecánicos de cierta aerolínea muy conocida. Hasta que un día llegó el momento de encontrarme a uno de ellos a bordo de uno de los aviones. Ante la pregunta por su nombre me respondió: «¿Qué te importa pelotudo?», y después me encaró amenazándome con cagarme a trompadas. Un tipo de 50 años contra un chico de 19. En ese momento me puse tan nervioso que sólo atiné a ponerme a llorar. Un tipo de 50 contra un nene de 19 años… Hoy pienso en esa situación y tengo ganas de ir a buscarlo a ese hijo de puta. La situación me afectó tanto que después estaba muy sensible frente a otras situaciones menos pesadas.

Pero estando allí me pasó algo más. Veía esto todos los días:

Recuerdo que me paraba a mirar a esas personas caminando por el hall, sonriendo, viviendo eso con total normalidad, personas que viajaban por trabajo (se notaba), familias, amigos, parejas.

Y me paraba a mirar las pantallas con todos esos destinos hermosos que yo no conocía y soñaba con poder conocer.

Y cuando esas personas pasaban por adelante mío y se subían a esos aviones, con esa expresión tan característica que tienen las personas cuando se van de viaje, yo era siempre el que se quedaba del lado de abajo viendo como ellos se iban.

Yo nunca había viajado en avión, de hecho nadie de mi familia cercana había viajado alguna vez en uno. Y yo deseaba tanto poder hacerlo así como ellos.

Pero bueno en ese momento estaba lejos de mis posibilidades.
Por suerte me fui de ese trabajo de mierda, apareció una oportunidad laboral mucho mejor y me fui. Me fui a trabajar a una fábrica.

Mi etapa como operario de fábrica

En esta fábrica estuve casi 5 años, atrás había quedado el colegio y los viajes. Estaba contento con mi sueldito, con las salidas a bailar y con poder comprarme pilchas.
Hasta que me empecé a sentir estancado, es para otro post este tema pero la cuestión es que y de ahí me fui a trabajar a otra fábrica porque pagaban un poquito mejor, donde hacía prácticamente el mismo trabajo pero con mucha más exigencia (sobretodo porque estaba por agencia).

Y en eso estaba, tratando de quedar efectivo en esa fábrica en la que estaba trabajando “por agencia”. Me acuerdo que me costaba bastante llegar al número de producción que me pedían.
Hasta que un día apareció Facebook, y por algún motivo en ese momento lo primero que hacíamos todos era agregar a los ex-compañeros del colegio.

Ahí encontré a Esteban: un ex compañero de una escuela privada a donde fuimos con mi hermano porque mamá consiguió una beca.

Y un día como cualquier otro, me acuerdo que abro Facebook y veo que Esteban compartió una foto.

Era una foto de un viaje.

Cuando la vi, casi me caigo de culo.

La foto era algo así.

Zona hotelera en Cancún, Caribe Mexicano

Era la vista desde el balcón de un una habitación en un hotel all-inclusive en Cancún donde Esteban estaba de vacaciones con toda su familia.

Yo en ese momento no sabía ni dónde quedaba Cancún, lo único que sabía era que Cancún era el premio que se sorteaba en los programas de Susana Gimenez.

Y yo conocía a alguien que se podía permitir hacer un viaje así, y no sólo eso, por la magia y la novedad de las redes sociales también lo estaba viendo. 

En los días siguientes no podía apartar esa imagen de mi cabeza y mientras estaba sentado en mi puesto de operario con mi guardapolvo azul, corriendo para llegar al número de la producción, no paraba de pensar en esa foto.

Y pensaba para mis adentros. ¡Qué lindo sería! ¿Será que alguien como yo, podrá alguna vez hacer algo así?

Punto de inflexión

En ese momento lo entendí, porque cuando levanté la cabeza vi como alguien de casi 60 años agachaba la cabeza cuando pasaba el jefe.

Entendí que si seguía por ese camino nunca me iba a poder permitir hacer algo así, como veía que otras personas sí se lo estaban permitiendo.

Lo bueno de esta experiencia es que nunca me generó envidia ver a otras personas hacer las cosas que yo tanto deseaba sino que me generó el deseo de poder hacerlo yo también.

Empecé a fantasear con la idea de poder hacer ese tipo de viajes a pesar de que no tenía nada en mi realidad que me indicara que eso iba a ser posible algún día.

Pero no me detuve ahí, empecé a fantasear con no solamente el progreso económico, sino también en lo profesional. Porque estaba un poco cansado de ser simplemente un engranaje en una línea de producción y quería ser valorado por otras que no fueran simplemente que tan rápido pudiera mover las manos, y que tan cerrada pudiera mantener la boca.

Pensar fuera de la caja

No tenía idea, no sabía cómo eso iba a ser posible para mí algún día.
Pero empecé. Lo primero que se me ocurrió fue volver a la escuela secundaria a rendir mis materias adeudadas. Ya tenía casi 25 años, es decir que hacía 7 años que no tocaba un libro, eso me generaba una enorme vergüenza.

Se me ocurrió la idea de anotarme a estudiar ingeniería electrónica. Yo sabía que en la universidad de San Martín (UNSAM) se había abierto hacía poquito la carrera.

Me da un poco de vergüenza decirlo, pero yo no sabía ni lo que hacía un ingeniero. Solo sabía que un ingeniero es alguien importante, alguien que le pagan mejor que un operario, que trabaja en una oficina ¡Y que puede tomar café mientras trabaja!

Yo no tenía dudas en que iba a poder rendir mis materias del secundario. Pero en caso de ir a la universidad eran varios los miedos que se me despertaban:

  1. El primero era que hacía 7 años que no estudiaba nada, y tenía miedo de que eso me jugara en contra.
  2. El segundo era que no tenía referencias de familiares estudiando en la universidad. Mis viejos no pasaron del 7mo. grado en el colegio. Iba a ser primera generación de universitarios.
  3. El tercero eran los relacionados a algunos comentarios mala leche de algunos de mis ex-compañeros: «¿Cuántos años? Vos estás loco» «Es muy difícil esa carrera» «Está brava la mano, si descuidás este laburo después no vas a conseguir otro tan fácil» Y mi favorito: «Conozco un ingeniero que gana menos que nosotros».

Pero lo que más me asustaba de todo era ir a la universidad…

Fracasar…

Y en ese momento darme cuenta de que me iba a tener que conformar con un trabajo como ese para siempre.

A pesar de todo esto me convencí parcialmente de hacerlo y fuí a la universidad

La universidad

Entrar a la universidad representó un hito muy importante en mi vida. De repente sentí que estaba en un lugar lleno de gente como yo. Gente que se estaba esforzando y que apostaba por su futuro.

Paradójicamente después de haberme matado por quedar efectivo en esa fábrica (felicitación del jefe de por medio) me llaman un día a los pocos meses de estar cursando y me avisan que había sido despedido.

Pero a esa altura no me importaba mucho porque en la facultad me estaba yendo mucho mejor de lo que yo esperaba. Siempre me había considerado inteligente pero vago, fue genial ver que esa «inteligencia» estaba ahí todavía.

Y al poco tiempo empecé otra vez a tirar CVs, y las entrevistas ya no eran para operario de fábrica como antes. Conseguí mi primer trabajo como profesional y al poco tiempo me surgió la posibilidad de ingresar a un trabajo que mejoró mucho mi calidad de vida en lo económico, lo profesional y lo humano.

Hasta que una mañana

Hasta que una mañana como muchas otras me desperté.

Fui a desayunar algo.

Cuando terminé agarré mis cosas.

Caminé por un caminito.

Subí unas escaleras.

Me apoyé en la baranda.

Y saqué esta foto:

Estaba en el exacto lugar que hacía varios años atrás miraba desde la pantalla de mi teléfono preguntándome si algún día iba a ser posible para mí.

Recuerdo que el color turquesa del agua era tan intenso que no me quería poner los anteojos.

Fue una de las tantas veces que experimenté un imposible en carne propia.
-Mamá! Mira dónde estoy!!!

Pero no solo eso, sino que los viajes en avión se volvieron algo que ya no me era tan lejano. Me llevaron a conocer muchos de esos destinos de las pantallas de aeroparque, los que quería conocer.
Me faltan algunos todavía pero estoy bastante conforme.

Viajar fue una de esas metas no idealizadas. Era tan bueno o mejor de lo que pensaba.

Pero me empezó a pasar algo cada vez que conocía un lugar lindo. Empezaba a soñar con que mi familia pudiese estar ahí para disfrutarlo conmigo.

Así que lo armamos aprovechando mi breve experiencia viajando, conseguimos ofertas de vuelos y ofertas de alojamientos y nos fuimos.

En el año 2017 de los 7 que fuimos, excepto mi mujer y yo todos viajaban por primera vez en avión. Así que no solo disfruté de un destino hermoso. Sino que disfruté mucho más de ver a mi familia experimentar eso por primera vez.

Adivinen como la pasamos.

Y mi mamá que trabajo muchos años de doméstica, a sus 51 años pudo conocer el Cristo Redentor.
Son esos momentos que nunca pensaste vivir.
En esta foto subimos abrazados las escaleras mecánicas, uno de los momentos que más recuerdo.
Mamá con lágrimas en los ojos subiendo al Cristo.

Foto tomada por casualidad en una selfie

Y todavía estoy muy movilizado porque hace pocos meses tuve un viaje que fue una de esas experiencias que nunca pensé que algún día iba a vivir.

No quiero extender demasiado esta publicación pero el caso es que fui a un workshop donde se sorteaba un pasaje New York y tuve tanto culo que me lo gané.

Terminamos yendo en octubre pasado con mi mamá a conocer la gran manzana.

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Y la última noche en New York decidí gastarme unos mangos extra, me puse un saco, zapatos y salimos a tener una zona romántica con mi mamá😍

Y charlamos un montón, charlamos de la locura de estar en ese lugar, de lo lindo de tener la posibilidad de hacerlo. Si para mi era una experiencia increíble, para mi vieja era una experiencia exponencialmente increíble. Porque las únicas personas que ella había conocido que eran capaces de hacer esos viajes eran sus empleadores en sus muchos años trabajando como doméstica, mientras vivíamos en un barrio vulnerable sin asfalto ni agua potable.

Hoy cada vez que me toca viajar. Me quedo mirando a esos pibes que trabajan ahí en el lugar donde yo estuve. Es un flash porque siento que me miro a mi mismo del otro lado del espejo. Me pregunto si me miran de la misma forma que yo miraba a esa gente.

Y en todos estos años de subirme a esos pájaros de metal. Cada vez que me toca hacerlo siempre me pasa lo mismo. Nunca pude normalizar el poder hacer ese tipo de cosas. Vuelvo una y otra vez al punto de partida, a ese momento en el que parecía un sueño imposible de alcanzar y me embarga un sentimiento de profunda gratitud y de emoción. La emoción de saber que los imposibles eventualmente suceden si nunca los soltamos. Que mis nuevos imposibles también pueden suceder si repito el proceso. Que hoy nuevamente me estoy mirando desde este lado de un nuevo espejo, pero que con el tiempo me miraré finalmente desde el otro lado con este profundo sentimiento de gratitud y auto-realización.

Esta historia es un extracto de mi charla: El lugar donde nacés no determina hasta donde podés llegar, donde intento convencer a las personas de que pueden buscar la vida que quieren en lugar de resignarse a la vida que les tocó.

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Categories: Historias

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